lunes, 25 de julio de 2016

Una vez en la vida



Yo, Hortensia Soto, quiero abrir los ojos de tantos seres que transitan por la vida cargando sobre sus hombros la desdicha y el pesar. Como muchos de ustedes también viví atormentada por la mala suerte y absorbiendo todas las ondas negativas que pululaban por ahí, hasta que el destino me puso delante de la medalla imantada de Sajor. 
Me sentía aprisionada por la rutina, la amargura, la resignación. Un día en que llegué a casa tarde encontré a mi pobre gata en el freezer. Era tanto el estrés que ya no era dueña de mis actos; evidentemente cuando fui a guardar mis milanesas de soja congeladas, Elvira se metió adentro y yo no la vi. Fue un shock terrible de superar ver semejante espectáculo. De cualquier manera eso no logró sacarme el hambre, después de un par de arcadas recuperé el apetito; vacié la heladera, no dejé nada en pie, ni dulce ni salado. Por supuesto más tarde me sentía horriblemente culpable, no podía mirarme al espejo y al verme desnuda me impresionaba notar que el abdomen me cubría el pubis. A duras penas conseguí dominar un poco la gula pero entonces empecé con el insomnio; probé con té de tilo, yuyitos somníferos, calmantes y cuanta porquería encontré, pero no había caso. Traté de tomarlo con calma; leía, fumaba, hablaba sola, escribía, me levantaba, me acostaba y no podía conciliar el sueño. Me pasé casi tes meses sin pegar un ojo. Cuando mis ojeras pasaron de verde a violeta dejé de preocuparme y empecé a dormir. Comencé a notar que se me caía mucho el pelo; me despertaba a la mañana con más cantidad en la almohada que en mi cabeza. Al principio pensé que era la época de la berenjena, como decía mi abuela, y que ya iba a pasar. Pero no pasaba, cada día era peor. Ya no me atrevía a salir a la calle; probé con tónicos, masajes capilares, y nada. No sabía como acomodar los pocos pelos que me quedaban para tapar los huecos. Era realmente desesperante
Un día, ya resignada, decidí comprarme una peluca y empezó a crecerme como por arte de magia; pero resultó que no solo me creció en la cabeza sino en todas partes: tenía bigotes, barba y pelo en pecho, esta vez creí que me volvía loca. Opté por depilarme con cera pero al rato me asomaba nuevamente, asi es que me pasaba el día afeitándome. Tuve que pedir licencia por enfermedad en el trabajo porque era imposible mostrarme así. Con la plata que tenía ahorrada decidí irme a alguna isla o al Amazonas, un lugar donde nadie me conociera; fue decidir esto y a la semana no tenía más pelos en lugares inapropiados. En su lugar tenía verrugas, unas asquerosas, repugnantes y abominables verrugas. En esta ocasión recurrí a un tratamiento psicológico, razón por la cual mis verrugas cobardemente desaparecieron. El psicólogo resultó ser bastante agradable aunque un poco parco. Al principio traté de verlo como a un profesional pero terminé acostándome con él, de manera que quedó trunco mi tratamiento y nuestro incipiente amor; no era para menos, conociendo mi oscura psiquis huyó despavorido del hotel alojamiento dejándome más conflictuada que antes, pero eso sí, un poco más calmada. Llegué a la conclusión de que era eso lo que necesitaba para mi equilibrio físico y mental: un hombre. La cuestión era encontrarlo. Rebuscándomelas conseguí un amante de apenas veinte años. Durante ese mes estuve bastante bien, volví a trabajar, no tuve brotes extraños ni pérdidas de ningún tipo, pero me pesqué ladilla.
Abandoné a mi joven amante y cambié de táctica. Creí comprender que mi destino estaba en el misticismo. La abstinencia y una doctrina severa me devolverían la paz y el bienestar emocional perdidos hacía tanto tiempo. Y juro que lo intenté pero a pesar de poner mi mejor voluntad cada noche los sueños eran más eróticos y a la mañana, bañada en sudor, me resultaba imposible intentar siquiera rezar el rosario; de manera que tuve que reconocer una vez más que me había equivocado de camino.
En uno de mis habituales viajes en subte encontré la solución a todos mis problemas Iba prácticamente colgada y con gente pegada por todas partes cuando noté que uno, especialmente, estaba más adherido que los demás. Lo miré indignada y me di cuenta que era un viejito ciego. En la estación siguiente debía bajarme y me liberaría por fin de ese lastre, pero no fue así; el viejo seguía adosado a mí. Me puse a gritar como una loca pero el cieguito me pidió por favor que me callara, que él me iba a explicar. Ya más serena pude observar que estábamos unidos por un colgante que él llevaba puesto. Con voz pausada y clara me contó la historia:
__Yo soy Marcos López, un hombre como tantos con un nombre como tantos; pero mi vida no es común y si sigue mis consejos la suya tampoco lo será. Durante mi juventud fui un libertino. No sentía respeto por nada ni por nadie; gracias a que mis padres eran ricos nunca pasé privaciones. Un día en que había discutido con ellos salí con el auto como un loco y me estrellé en la primera esquina; cuando recobré la conciencia estaba en un hospital y lo primero que noté fue que sólo había oscuridad, oía voces pero no podía ver. Jamás volvería a ver. Esa noche alguien entró en mi habitación, no sé quién, ni siquiera si era hombre o mujer porque su voz no era humana. Me pidió que le diera mi ojo ya que lo necesitaba para salvar a mucha gente que sufría; le pregunté si iba a dolerme y me aseguró que no, que ni siquiera iba a darme cuenta. Accedí a su requerimiento porque no tenía nada que perder, y al instante me quedé profundamente dormido. A la mañana siguiente la enfermera horrorizada llamó al médico. No sé cuantas voces se mezclaron a mi alrededor diciendo que yo mismo me había arrancado el ojo izquierdo sin dejar rastros de sangre; cundió el pánico en el hospital, todo el personal buscando mi ojo. Cuando por fin me dejaron tranquilo me dispuse a dormir y nuevamente apareció aquel ser extraño; me agradeció el favor y puso algo frío entre mis manos: la medalla de Sajor. Dijo que ella me acompañaría durante toda mi vida y que ayudaría a mucha gente desdichada. Tomó mis dedos y los apoyó sobre el metal explicándome: “En una de sus caras, ésta que estás tocando, la positiva, se puede observar una estrella de cinco puntas en cuyo centro un triángulo alberga un ojo, en este caso el tuyo. Del lado negativo se hallan dos barras paralelas cruzadas en forma diagonal; las puntas de cada una de ellas rematan en círculos numerados del 1 al 4. En el centro de la medalla se puede leer en latín: El que cree obtiene, el que obtiene cree. Está imantada de manera que puede atraer a las personas que la necesitan. El ojo, tu ojo, ha sido seleccionado entre miles para ocupar ese lugar, no cualquiera sirve, está cargado de un poder extrasensorial que ve mucho más allá de lo humano. El te guiará por la senda correcta, sin tropiezos”.
Esas fueron sus últimas palabras y al instante me dormí. Cuando salí del hospital empecé una vida nueva; fui por el mundo siempre guiado por la medalla milagrosa. Millones de personas se salvaron gracias a su poder y ahora usted ha sido elegida para gozar de este privilegio.

Debo confesar que al principio desconfié y sentí un poco de asco cuando vi ese ojo durito que me miraba; le dije al viejo que no le pensaba dar plata, que ya me habían estafado muchas veces y no quería caer una vez más. Me dijo que no era dinero lo que quería sino mis dientes.
__¿Mis dientes?__grité yo histericamente.
__¿Qué son sus dientes comparados con la fortuna y la dicha de la que va a disfrutar de ahora en más?
Lo pensé unos minutos; recordé brevemente mi vida hasta aquel momento, mi frustrante, aburrida y perra vida y le pregunté:
__¿Tienen que ser todos, absolutamente todos?
Me contestó que sí, que así era el trato. Le pregunté si me iba a doler y me respondió que no. Sin más explicaciones se alejó diciéndome que ya recibiría noticias suyas.
A la mañana siguiente cuando me dispuse a lavarme la cara y los dientes me encontré con una boca completamente vacía, ni siquiera estaba la lengua.
__¡Viejo maldito, ese no era el trato!__grité sin lengua.
Corrí hasta mi cama y encontré sobre la almohada una nota que decía: “¿Qué son unos pocos dientes, una lengua y una billetera comparados con la fortuna y la dicha que le esperan? Recuerde que el que cree obtiene y el que obtiene cree”.
A partir de ahí, amigos, comprendí todo. A los pocos días me enviaron la medalla; con dos de mis dientes en una de las caras y un pedacito de la lengua en el revés. Ya no tengo problemas de gula, de caídas de pelo, de verrugas o de insomnio; encontré definitivamente mi equilibrio interior. Ya salvé a muchas personas cuyo testimonio será publicado en breve. Si no tienen la suerte de imantarse con uno de nosotros, los portadores de la medalla de Sajor, pueden dirigirse a Cucha Cucha 222 y les daremos los informes correspondientes.
No pierdan la oportunidad de su vida de encontrar la felicidad absoluta. No la desaprovechen. Piensen que solo una vez en la vida se presentan estas oportunidades. Una sola vez en la vida probaran una cosa nueva, mágica, potente, milagrosa, diferente. Una sola vez en la vida para que se cumplan todos sus deseos y sean inmensamente dichosos. 


Hortensia Soto



Victoria Dominguez
Enero 2014

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