martes, 23 de febrero de 2016

Los ojos de Mariel.


Una serie de obviedades me indicaban que ella no era para mi. Se empeñaba en resaltar mis virtudes, no precisamente las que uno quiere que le destaque una mujer bonita. Quería levantar mi alicaída autoestima a base de halagos tales como; "tenés una mirada tan sincera", "sos tan bueno", "en vos sí que se puede confiar". No se daba cuenta de que lo único que conseguía era hacerme sentir el peor de los gusanos. En definitiva, por más que me empeñara y a pesar del entusiasmo de mi ex, que aún no superaba la culpa de haberme abandonado dos años antes, algo me decía que esa chica no buscaba en mi lo mismo que yo buscaba en ella.
Tras unos meses de amor platónico, una tarde decidí aparecer por su casa sin previo aviso. Ella solía pedírmelo pero yo me rehusaba de puro tímido. Pero ese día estaba decidido; dispuesto a encararla y asumir la derrota si era necesario. Su casa era de las que comúnmente se denominan chorizo. En la puerta había tres timbres, toqué dos veces cortas el número dos pero nadie contestó. Insistí otra vez y nada, hasta que oí el ruido del picaporte y me sobresalté. Dos tipos que no vestían uniforme pero cuya fisonomía los señalaba como policías la llevaban , uno a cada lado, a Mariel. Ella me miró y con tranquilidad me dijo:
--Ocupate de mi gata.
Me quedé perplejo mirando como la subían a un auto. Quise memorizar la patente pero no existía. Caminé a casa cabisbajo, pensativo. No sabía a quién avisar, tampoco tenía conocimiento de su gato. No conocía a su familia ni a sus amigos ni a sus compañeros de trabajo. Apenas si la conocía a ella. Me dije que tras una cerveza y una buena ducha me decidiría a buscar, pero me conozco demasiado bien como para saber que no haría nada. Por otra parte, no la noté preocupada o desesperada en cuyo caso me hubiera implorado ayuda. Pero no. Fría y con tono monocorde sólo se acordó de su gata.
Al llegar a casa, mi ex, Sabrina, me esperaba en la puerta.
--¿Y?
--¿Y qué?
--¿Qué tal tu Mariel?
--Pasá que te cuento. --Le dije.
Serví las cervezas y nos sentamos frente a la amesa de la cocina. Le conté los hechos tal y como sucedieron , le di pelos y señales de los tipos que se la llevaban.
--¿Y no averiguaste si tiene un gato?
--¡Y claro que lo tiene! Si te estoy diciendo que que me pidió que se lo cuide.
Sabrina me miró con esa cara que siempre pone cuando la saco de las casillas.
--¡Qué poca calle tenés Enrique! ¿No pensaste que esa puede ser una clave?
--¿Una clave de qué?
--¡Una clave de la persona que a quién tenés que recurrir para ayudarla! ¿Nunca te nombró a nadie, algún amigo al que apodaran el gato?
--No conozco a ninguno de sus amigos ni parientes, casi no la conozco a ella Sabrina, ¡no es mi novia!
Ella revoleó los ojos y se quedó pensativa, ya estaba fastidiada.
--Tenemos que llamar a la policía.
--¿Te parece? ¿Y si eran policías?
--No estaban en un patrullero, no estaban uniformados, el auto no tenía patente ¿Qué clase de policías eran? ¿La llevaban esposada?
--No, la tenían agarrada por los brazos.
--¡Qué cosa más rara, ché!
Nos quedamos por un rato callados, saboreando nuestras cervezas. La observé con detenimiento. Estaba linda, la verdad que estaba muy buena, pero me había dejado. ¿Sería precisamente por eso que me había dejado? Ella me quería, pero la hartaba mi estilo lento de pensar y actuar, según sus propias palabras.
--¡Ya sé! Tenemos que entrar a la casa y revisar su agenda, sus cosas. Ahí tiene que haber datos.
--¿Y cómo se supone que vamos a entrar?
--Siempre hay alguna vecina que quiere enterarse de todo. Vos dejame a mi.
El tono suficiente de Sabrina me dio seguridad.
--Y vemos si tiene una gata. --Acoté.
Sabrina se levantó de un salto y me arrastró. Tomamos un taxi, ella detesta caminar. Todavía era de día. La puerta de afuera estaba sin llave; atravesamos el pasillo mientras los vecinos se asomaban por las ventanas. No hizo falta la astucia de mi ex novia porque la puerta de Mariel estaba entreabierta y las luces encendidas. La casa estaba vacía; ni un solo mueble quedaba. Tampoco había señales de violencia ni desorden. Sabrina recorría la casa en busca de algún indicio. Yo escuché unos golpecitos a la puerta y me acerqué.
--Pase...
Una mujer diminuta se paró en el vano.
--¿Ustedes son amigos de Mariel?
Yo asentí.
--Me da mucha pena que le hagan esto...
--¿Qué le hagan qué? --Preguntó Sabrina.
La anciana parecía no escucharla
--Si él no le hace mal a nadie.
Nos miramos; la viejita seguía hablando como si estuviera sola.
--Miren que yo soy de otra época, en que los hombre eran bien hombres y las mujeres, bien mujeres, sin embargo él es distinto. ¿Qué culpa tiene si su alma es de mujer?
Sentí la mirada de Sabrina clavada en mi sien derecha. La miré.
--Después de todo, si Dios nos castigara, todos estaríamos en el infierno. --Rió la mujer.
--¿Usted dice que Mariel es un hombre? --La voz de Sabrina parecía un hilo a punto de cortarse. La anciana, más sorda de lo que suponíamos, se dio vuelta y caminó hacia la puerta.
--¡Qué le va a hacer! Una se encariña y ellos se van ¡Qué triste!
Nos quedamos parados sin entender, más confusos que antes. Nos sentamos en el piso.
--Es un tipo, Enrique.
Yo miraba el piso como hipnotizado.

--No lo puedo creer, si es....,
--¿Es qué?
--Es tan linda, tan angelical.
--De mi nunca dijiste algo así.
--Es que vos no sos del tipo angelical, sos más bien terrenal.
--No tenés la menor idea de cómo tratar a una mujer, Enrique. Sos una bestia ¿Cómo me vas a decir eso?
Yo seguía meditando sobre las tardes pasadas con Mariel, su sonrisa, su cuerpo, tanto soñé con ese cuerpo ¿Cómo iba a saber?
--¡Enrique! ¿En qué planeta estás? Tenemos que revisar, buscar...
Sin darme tiempo a reaccionar se paró de un salto y se puso a revisar recovecos, a palpar paredes, a pisar con fuerza los tablones de madera del piso.
Me llamó y me acerqué. En la pared del baño, detrás de la puerta, lo que en apariencia era un armario, escondía una escalera de madera; era un hueco oscuro, como el de un ascensor.
--¿Entramos?
Me asomé y me dio vértigo.
--Es un poco tétrico, oscuro, necesitamos una linterna.
Con gesto de autosuficiencia metió la mano y tocó una tecla, la luz se encendió.
--¿Y ahora?
La verdad es que estaba muerto de miedo pero no podía dejarla sola. La escalera estaba pegada a la pared, apoyada. Bajé primero; eran apenas quince escalones pero el aire era más denso y húmedo que arriba. Abajo encontramos un depósito similar a un sótano o una buhardilla; Sabrina miraba todo, yo me detuve en un ropero viejo y destartalado, lo abrí, vestidos de todo tipo, color y textura colgaban del barral, impecables y ocupando apenas una percha, un traje azul, de corte masculino. En un estante había pelucas de pelo largo; con pudor, como si desnudara por primera vez a Mariel, abrí los cajones. Medias de seda, corpiños, ligas. Lo cerré. Tanto había soñado con ella, imaginando acariciar su cintura, sus piernas largas, sus hombros; ahora, sabiendo que escondía una anatomía muy similar a la mía, sentí rechazo. Sabrina se acercó, fascinada.
--¡Qué bárbaro! ¿Sabés lo que sale un vestido de estos? ¡UNa fortuna!
Los tocaba, se los probaba, mientras yo sentado contra la pared pensaba en donde diablos estaría ahora Mariel, o como se llamara. Me paré de un salto.
--Vamos a la comisaría. Mientras nosotros jugamos a los detectives privados ella puede estar pasándola mal.
Por primera vez era yo el que tomaba decisiones ante Sabrina, y creo que ella lo noto porque me miró de una manera inusual.
Subimos, apagamos la luz y erramos el falso armario. Cuando salimos las ventanas vecinas estaban a oscuras.
En la comisaría un oficial bajo y rechoncho recibió mi denuncia con cara de aburrido hasta que le nombré a Mariel y le di la dirección de la casa.
--¡Ah! ¡El traba! ¡Sabe las veces que se lo llevaron de ahí!
Me molestó que hablara así de ella y tuve que contenerme para no pegarle una trompada.
--¿Sabe que pasa? Él trabaja en su domicilio y bueno, a los vecinos no les gusta ¿Entiende?
--¿Entonces la desalojaron?
--Y...si. Acá lo conocen, estaba al día con el alquiler pero era muy escandaloso. Las fiestas eran muy frecuentes y muy...intensas digamos, no se privaba de nada.
--Pero se lo llevaban dos hombres en un auto sin patente, si quiere se los describo, soy muy fisonomista. Eso que hicieron es ilegal.
El policía me miró fijo como solía mirarme Sabrina ccuando yo decía una estupidez.
--Yo necesito encontrarla, quiero verla.
Llamó a otro oficial y le cuchicheó algo al oído. Se estiró hasta mi por encima del escritorio y me habló por lo bajo.
--Está en el hospital, saliendo a su derecha, dos cuadras.
--¿Y por quién pregunto?
--Ni él debía saberlo --Contestó encogiéndose de hombros y volviendo a su computadora.
Salí hecho una furia, Sabrina me seguía.
--¿A dónde vamos? ¿Qué te dijo?
No contesté y seguí caminando. En la recepción del hospital pregunté por Mariel.
--¿Mariel qué?
--Mariel el travesti. --Respondí sorprendiéndome a mí mismo.
--¡Ah! si. --La empleada murmuró algo también con otra empleada y me indicaron el subsuelo.
--¿Estás pensando lo mismo que yo? --Preguntó Sabrina con angustia.
El lugar frío no dejaba dudas. Nos recibió un hombre vestido de blanco inmaculado y nos llevó ante una camilla también cubierta con una sábana inmaculadamente blanca. La levantó y asentí conteniendo una arcada. La cara de Mariel, ahora sin maquillaje y con una ligera sombra grisácea sobre las mejillas, distaba mucho de la chica por la que había perdido el sueño hacía meses. Salimos abatidos y llenos de impotencia. Nadie nos daba explicaciones porque no éramos familiares y ella no llevaba documentos; no existía, no era nadie.
--Podemos ir a ver a un abogado si querés...yo conozco uno.
No le contesté. Algo se interpuso entre mis piernas y casi me hace tropezar. Maldije; era un gato, grisáceo y con enormes ojos verdes. Sabrina lo levantó en brazos.
--¡Es preciosa! --Miró la medallita que llevaba en el cuello, tenía grabado el número de teléfono de Mariel.
--¿Viste que no había ninguna clave que descifrar? Vos ves muchos policiales en la televisión --Dije con aire de superioridad.
--Tal vez la clave es que sabía que no iba a volver.
Me paré y las miré a las dos; debía estar loco, pero los ojos de esa gata se parecían mucho a los de Mariel y me pedían algo.
--Llevame a lo de tu abogado. --Dije con una convicción desconocida en mi.
Sabía que los ojos de Mariel no dejarían de mirarme hasta que se hiciera justicia. 



Victoria Domínguez