martes, 19 de enero de 2016

Un tesoro escondido.


La primera vez que Oreste vino a la comisaría lo atendí yo.
--Oficial, vengo a hacer una denuncia. Ha desaparecido mi esposa, hace ya dos días que no la encuentro. Esperé lo más que pude para venir pero ya no soporto su ausencia. 
Ramírez me miró con complicidad; a más de uno le vendría bien que su mujer desapareciera un par de días. 
--Déme alguna descripción de su señora, por favor.
--Uy, usted me pone en una situación en extremo difícil oficial, describir a mi esposa es imposible; ella es… es sencillamente indescriptible.
Ramírez dio media vuelta resoplando y se sumó al resto de los oficiales que estaba jugando al truco en el cuartito del fondo.
--Escuchemé, señor…
--Oreste, me llamo Oscar Oreste.
--Escuchemé señor Oreste; para encontrar a su esposa necesitamos ciertos datos sin los cuales es imposible la búsqueda; por ejemplo: color de pelo, estatura, peso aproximado, cómo vestía el último día que se vieron, en fin, señas particulares, rasgos que la distinguen de otras mujeres.
--¿Pero qué me dice, oficial? Ella es distinta a las demás mujeres, de eso no le quepa la menor duda, créame que me es imposible describirla, ella no es de este mundo, es un ángel.
Perdí la paciencia.
--Entonces para que diablos vino ¿Me quiere decir? ¡Déjese de embromar, ¿quiere? Tenemos cosas importantes que hacer y si vamos a estar una hora tratando de que nos describa a un ángel, estamos fritos.
--Con todo respeto oficial, cómo se nota que usted nunca estuvo enamorado. Cuando uno ama como yo la amo a ella no hay forma de definirla. ¿Cómo decir “tiene ojos marrones, pelo negro”? No sé como es porque jamás la miro así, veo más allá de ella, escucho su voz, su respiración, sus suspiros; hay magia, tengo ganas de besar, de abrazar, de pasar la vida entera junto a esa criatura a la que siempre estuve esperando.
---Se quedó pensativo un momento--. Sinceramente lo compadezco, no todos gozamos de ese privilegio; más de uno se muere sin haberlo conocido--. Se levantó de la silla con dificultad.
--Espere. Oreste, no se vaya.
Me disculpé por mi grosería y volvió a sentarse.
--¿Sabe qué podemos hacer? Usted me alcanza alguna foto de su señora, imagino que tendrá muchas, con eso nos arreglaremos para buscarla; además necesito datos suyos por si tengo novedades.
El viejo aceptó y se fue. Tal vez no volviera a aparecer, al menos por ahora me lo había sacado de encima. El comisario me llamó aparte para ponerme al tanto. Según él habían pasado muchos personajes parecidos a don Oreste por la comisaría con historias similares: me sugería ignorarlo. Le aseguré que lo tendría en cuenta pero no le presté atención; Aragona no me despertaba el más mínimo respeto y mucho menos sus consejos.
Me había equivocado con mi presunción. Vino por segunda vez; yo estaba terminando mi guardia. Ramírez me codeó; levanté la vista y ahí estaba, parado delante de mí con un álbum de cuero enorme bajo el brazo. No podía creerlo. O este viejo era muy ingenuo o me estaba tomando el pelo.
--Buen día oficial, aquí le traigo lo que me pidió.
--Disculpe don Oreste, pero no me refería a esto, con una foto alcanzaba.
--Es cierto, es cierto, son de nuestro casamiento, hace cuarenta años; pero créame, ella está exactamente igual. Yo envejecí, como cualquier mortal, pero ella no, ella permaneció intacta, como una flor en cautiverio. Lamentablemente no tengo fotos más recientes para que pueda comprobarlo, a ella no le gusta que la retraten.
En ese momento vino corriendo Ortiz.
--¿No oíste Benítez? –Se escuchó un tiro y parece que vino del despacho de Aragona.
Salí detrás de él dejando a Oreste con su álbum apoyado en el escritorio, ni siquiera le pedí disculpas. Cuando llegamos al pasillo Ortiz y Vázquez se agacharon muertos de risa.
--Zafaste hermano, nos debes una. Ahí adentro más que un tiro se oye un tiroteo; el comisario está encerrado con su nueva amiguita. Pero reíte un poco, fue un chiste ché.
No sé por qué me sentí tan indignado pero volví rápido a mi lugar. Oreste ya no estaba. Sentí lástima al imaginarlo yéndose solo, cargando con su álbum y la angustia por la falta
de su mujer.
Pasaron casi dos semanas; el trabajo era intenso pero no dejaba de pensar en Oreste. Un hecho me había perturbado más de la cuenta el día anterior. Una anciana había sido hallada deambulando a pocas cuadras de la comisaría; no llevaba documentos encima ni recordaba absolutamente nada, lo que me llevó a pensar que podía ser la señora de Oreste; necesitaba ir a buscarlo antes de que pasara algo malo. Camino a su casa traté de despejarme, estaba completamente mareado y como tantas otras veces en que me encontraba en situaciones difíciles, borré todo de mi mente. Me costó hallar la casa. Era una construcción humilde. Como la puerta no tenía timbre, golpeé; nadie me abrió. Ya me iba cuando alguien habló desde adentro, contesté y Oreste me abrió la puerta.
--Disculpe, don Oreste; como no vino más por la comisaría supuse que su señora habría vuelto.
El viejo me miró extrañado, mi aspecto debía ser lamentable.
--Pase oficial, no se quede ahí parado.
Lo seguí por el largo pasillo sin dirigirnos la palabra. Una vez en el comedor el olor a tostadas y café recién hecho lo impregnaba todo. Me invitó a sentar y aproveché para contarle del hallazgo. Su cara se transformó por completo.
--Usted me habla de una anciana arteroesclerótica y yo le hablaba de una mujer, oficial.
Traté de explicarle pero se exasperó.
--Ya sé. Usted cree que yo soy también un anciano arteroesclerótico que delira y que se quedó en el tiempo, es más, hasta debe pensar que mi esposa murió hace años y yo no pude sobreponerme al dolor ¿verdad?
¿Para qué mentirle? Era exactamente lo que pensaba de él, aunque por momentos parecía mucho más lúcido que yo. Me observaba con detenimiento mientras seguía hablando.
--Bueno, lamento desilusionarlo, pero en realidad el desilusionado soy yo. Creí que se diferenciaba en algo de esa manga de tilingos que tiene por compañeros que no hacen más que gesticular y hacer muecas ridículas cada vez que voy por allí; pero veo que no, que no se diferencia en lo más mínimo.
En ese momento oí el ruido de la puerta del baño y me levanté de la silla. Ante mí tenía a la mujer más hermosa que hubiera visto; el pelo mojado peinado hacia atrás, muy negro, le caía sobre los hombros y la bata de toalla rosada no disimulaba las curvas de su cuerpo. Quedé perplejo y se debe haber notado porque ella se cruzó de brazos intentando cubrirse y medio turbada anunció que se iba a vestir. Me sentí avergonzado de mis pensamientos. Fue como en un instante remontarme a mi adolescencia, cuando les escribía poemas eróticos a compañeras del secundario que me parecían inalcanzables; mi imaginación me hacía sentir que así las tocaba, las acariciaba y ellas morían por mí. La realidad era bastante menos excitante porque jamás fui correspondido, lo único que conseguía era un cachetazo de parte de ellas o de sus novios. –La voz del viejo me volvió al presente, tuve que tapar el bulto en mi pantalón.
--Ella es muy tímida, no sabía que usted estaba, por favor discúlpela. --El tono de su voz se suavizó notablemente.
--No tengo nada que perdonarle, al contrario, acá el que sobra soy yo; los dejo solos, me alegro mucho de que todo esté en orden y que tenga a su esposa de vuelta.
--Ella es tan impredecible oficial. Debo reconocer que mi cabeza no es la de antes; ella me dice cosas y yo las olvido; fue a visitar a su hermana a Junín, jura habérmelo anunciado y yo jamás dudo de su palabra. En realidad no fui a verlo por vergüenza, no por ingratitud, imagínese, lo molesté tanto… Hubiera pensado que era un tonto o lo que es peor, un viejo gagá.
--No diga eso don Oreste; yo le tomé mucho afecto, en serio. –Me sentía ridículo diciendo estas cosas--. Deseaba con toda el alma que encontrara a su esposa. No es común oír a un hombre hablar de esa manera sobre su pareja, al menos entre mis conocidos.
Me despedí, Oreste intentó retenerme pero me negué. Ya en la calle respiré hondo; no podía creerlo, esa mujer era una belleza, no podía ser la misma que él trataba de describirme en la comisaría, ésta no tenía más de treinta años. Estaba embotado cuando llegué a casa. Me saqué el uniforme mientras abría la ducha; necesitaba un baño de agua fría cuanto antes. Me senté sobre la cama para abrir el cajón y sacar ropa interior limpia pero algo blando debajo mío me hizo levantar de un salto; pegué un grito cuando vi un cuerpo grisáceo despatarrado sobre las sábanas; tenía los ojos abiertos y la zona de la pelvis tajeada. Me acerqué más pero el hedor era y la impresión me hicieron vomitar. Apenas tomé fuerzas para levantarme cuando oí sirenas y el timbre. En la puerta estaba Ramírez.
--Benítez, tenemos una orden de allanamiento, por favor dejáme pasar. –Mi compañero me miraba con asco y recordé que no me había limpiado la cara y estaba con el torso desnudo. El aturdimiento era tal que no pude siquiera explicarle lo que iba a encontrar en el dormitorio. Cuando salió, su cara era peor que la anterior.
--Tenés que acompañarnos.
Oí que conversaba con Vázquez. Hablaban de posible asesinato y ordenaban una autopsia. No podía creer estar metido en eso: lo último que vi fue a mis compañeros lavándome la cara y poniéndome una camisa, después sentí que me sumergía en un abismo negro. Cuando recuperé la conciencia estaba rodeado de policías.
--¿Te sentis mejor? –El tono irónico de Aragona me irritaba.
--No mucho. Hoy me sentí enfermo todo el día y muy confundido.
--Estás metido en un lío, Benítez. De un momento a otro nos dan el resultado de la autopsia.
--Estoy mareado pero no amnésico. Me acuerdo bien de lo que pasó en casa. ¿Averiguaron que hacía ese cadáver sobre mi cama?
Mis compañeros se miraron sin hablar y yo perdí la paciencia.
--¿Se puede saber quién era ese maldito muerto?
--Era la mujer de Oreste.
--¿Qué? ¡Pero eso es absurdo! Si yo estuve con ellos dos en su casa, el mismo Oreste me la presentó; era una mujer joven, muy linda… Por favor localícenlo, necesito hablar con él.
Ortiz salió a buscarlo. Cuando lo ví entrar sentí alivio.
--Don Oreste, cuénteles de mi visita esta tarde cuando conocí a su mujer--. Mi ansiedad era inocultable.
--No sé de que me está hablando--. Miraba al resto de los oficiales como si yo no existiera--. Lo único que sé es que mi señora apareció muerta en su casa, no sé que mentira está inventando para cubrirse pero no cuente conmigo--. El viejo se tapó la cara en una actitud que todos compadecieron pero que a mí me resultó repugnante.
Miré en todas direcciones buscando una actitud comprensiva, o que alguno de mis compañeros me apoyara. Pero no. El comisario, como de costumbre, no tuvo ningún miramiento.
--Estás detenido Benítez, por lo menos hasta que investiguemos.
Esa noche se me hizo insoportable porque casi no dormí; en los pocos momentos que conseguí hacerlo tuve pesadillas horribles. Se me aparecía la mujer que estaba en casa de Oreste y abriéndose la bata de toalla rosada dejaba al descubierto su figura perfecta, me seducía, me besaba y me empujaba sobre un ataúd en el que yacía una anciana muerta; yo gritaba y me resistía pero ella cerraba la tapa ayudada por Aragona, que no paraba de reír a carcajadas. De pronto una mano en mi hombro y una voz familiar me sacaron de la pesadilla. Era Ramírez.
--Benítez, estás empapado, tuviste un mal sueño. Vine a avisarte que ya nos dieron el resultado de la autopsia. Parece que la vieja murió a causa de una infección; le encontraron restos de oro y polietileno en la vagina. Según los médicos si se cambia con frecuencia no hay peligro, pero evidentemente se olvidó. Parece que tenía guardado su pequeño tesoro ahí adentro ¡Qué imaginación! Nunca se me hubiera ocurrido. La cuestión es que el oro despareció y hay señales de que pueden haberla tenido secuestrada. No me gustaría estar en tu pellejo, hermano, estás hasta las pelotas.
--¿Y Oreste? ¿No piensan investigarlo?
--No va a ser posible; lo encontraron muerto esta mañana, se suicidó. Te dejó esto. Cuando tenga alguna novedad vuelvo.
Ramírez salió. Me sentía mal, otra vez ese maldito zumbido en la cabeza y aquella vieja sensación de deja vu. Los recuerdos se me agolpaban en forma desordenada; la anciana encontrada en la calle, el interrogatorio, ella que repetía continuamente una frase incomprensible mientras se fregaba debajo del vientre, el comisario que me echaba a un lado y se encerraba con ella, los ruidos, los gritos, el dolor insoportable de cabeza y la ida a casa de Oreste. Todo empezaba a acomodarse. Oí pasos, era Aragona. Entró en mi celda.
--Me imagino que tu compañero te habrá contado. Ya estoy tratando de conseguirte un abogado. Te dije que no te metieras con los locos que vienen, que ibas a terminar mal.
--¿Qué hizo con la vieja que estaba interrogando?
--La mandé a su casa.
--¿Cómo hizo, si no tenía documentos ni se acordaba de nada?
--Investigando Benítez, mientras anda perdido en sus ausencias.
Aragona sabía que yo padecía un mal y lo aprovechaba para confundirme.
--Yo oí los ruidos de golpes en su despacho, los gritos de la pobre anciana y también conozco muy bien los métodos que acostumbra usar.
--En fin Benítez, así son las cosas. Como te dije, en cualquier momento te mando al abogado. No creo verte, mañana salgo de vacaciones.
--¿Escuchó lo que le dije? Recordé todo y lo voy a contar.
--Hasta la vuelta Benítez, espero encontrarte en mejor situación al llegar, pero… Salía de la celda cuando Vázquez le avisó que lo esperaba su mujer.
--Decile que venga Vázquez, quiero presentársela a Benítez. Vázquez me miró desconcertado y fue a buscarla. El elegante vestido le sentaba tanto como la bata, estaba tan deslumbrante como días atrás.
--Es mi flamante mujer, Leonor. Mi amor, este es el oficial Benítez, está pasando un mal momento, vos sabés, la codicia, pero ya vamos a ayudarlo a salir.
Todo estaba claro. Él tenía la manija y yo había caído como el más estúpido.
Cuando se fueron ya no sentía furia, sino autocompasión. Miraba esas paredes oscuras llenas de marcas entre las cuales había encerrado a tantos tipos. Sólo Dios sabría cuánto tiempo iba a estar allí. Me senté en el banco empotrado y estiré el brazo. El pesado álbum de Oreste estaba en el rincón donde lo dejara Ramírez. El primer impulso fue tirarlo y pisotearlo, no quería más recuerdos de ese maldito anciano; loco o no me había metido donde estaba con su mentira, pero la curiosidad pudo más y lo abrí. Las fotos estaban algo amarillentas pero nítidas. La mujer tenía un sorprendente parecido con esa tal Leonor; parecían muy enamorados y ella era notablemente hermosa. Atrás de todo, despegadas encontré otras dos más actuales, en una, la anciana cortando flores parecía sorprendida por el fotógrafo y en la otra aparecía el cadáver hallado en casa. En el reverso decía: “Así me la devolviste, maldito”. Cerré el álbum con los ojos empañados y con la convicción de que no lo había escrito Oreste.



Victoria Dominguez



La Tierra prometida


Era domingo y, como todos los anteriores, la gente de La Colmena, un pueblito alejado de la capital, esperaba las campanadas de la capilla que llamaba a misa de 11. 
En realidad no todos tenían el coraje de asistir. El padre Justo, único sacerdote de la única iglesia, tenía una visión apocalíptica de la vida y su interpretación de las Sagradas Escrituras era bastante transgresora. Por eso generalmente los padres no llevaban a sus hijos menores a misa y los adultos algo impresionables preferían evitar esos sermones plagados de malos augurios, inspirados en sus famosos "sueños reveladores", en los que veía animales prehistóricos devorando gente inocente, surcos en la tierra por donde desaparecía el mundo en medio de gritos y desesperación. Esto hacía que la concurrencia a la iglesia fuera cada vez más escasa ya que no todos estaban dispuestos a aceptar semejantes atrocidades como un mensaje de la voluntad divina.
Esa misma noche el padre Justo tuvo un sueño que lo desveló por completo; despertó sudoroso y temblando porque las visiones habían sido increíblemente sangrientas. No podía esperar a la misa del domingo para alertar a sus fieles, de manera que visitó una por una a todas las familias del pueblo. La mayoría escuchó sus palabras con respeto y prometió tomar las precauciones necesarias, otros pocos hicieron caso omiso a sus advertencias y sólo un par, muy osados, le cerraron las puertas en las narices.
La semana transcurrió sin sobresaltos, aunque algunos evitaron salir de sus casas, descuidando su trabajo. Cuando por fin llegó el domingo, el padre entró por el pasillo principal sin esperar el habitual canto de bienvenida, con muy mala cara y pisándose la sotana a medio vestir. El sueño se había repetido y la advertencia se había transformado en una orden.
--Queridos hermanos, el fin está cerca. Debéis cuidaros de las tentaciones del demonio y orar, orar sin cesar.
estas fueron sus últimas palabras porque en medio de un temblor y un ruido escalofriantes, velas que volaban en todas direcciones, portazos y gritos, el mármol del altar se cubrió de grietas ccada vez más anchas hasta que, ante la mirada atónita de los fieles, se abrió una enorme, a los pies del mismísimo sacerdote, y se lo tragó, llevándolo quién sabe adónde.
En cuanto cesó el temblor los hombres más fuertes se acercaron a la grieta para rescatar al pobre cura, pero el esfuerzo fue inútil. Lo llamaron a gritos, cavaron, iluminaron con faroles y hasta echaron agua, pero no había señales del padre Justo.
Esa misma noche se hizo una reunión en la casa de la familia Barboza.
--Yo digo, ¿Acaso este cura no se habrá escapado? Tal vez en medio de la confusión salió corriendo, perdió la conciencia y no pudo volver.
--Oiga, don Cosme, usted es muy imaginativo, pero yo, con estos dos ojos que gracias a Dios funcionan de maravilla, vi cómo esa grieta se tragaba al padre; lo vi hundirse hasta desaparecer bajo tierra, ¿entiende?-- protestó Cornelia Barboza, apoyada por el resto de la concurrencia.
Don Cosme se quedó mirando para abajo con resignación.
--Yo propongo una campaña para rescatarlo --sugirió Farías, un militar retirado que vivía en el pueblo hacía un mes--. Podemos cavar un túnel y llegar adonde quiera que esté este pobre hombre.
--A mi me parece una buena idea. ¿Cuándo podemos empezar? --Concluyó Cornelia con aire de autoridad.
Así fue como a la mañana siguiente todo el grupo más cercano a la iglesia estuvo presente para colaborar, cebando mate o contando chistes para mantener despiertos a los trabajadores. Nadie faltó a la cita.
Pasaron un día entero, con su noche incluida, buscando un indicio de Justo. Uno de los muchachos llegó a meterse bastante profundo pero tuvo que salir porque el aire era irrespirable. Por fin se dieron por vencidos.
--Tal vez su sueño premonitorio se cumplió. Habrá sido la voluntad de Dios no más...
--Pero en su sueño, si no entendí mal, éramos "todos" los que desaparecíamos, no él solo, ¡Pobre desgraciado! --reflexionó Cornelia preocupada.
--Tendremos que dejar que se haga la voluntad del Señor. Nosotros ya hicimos lo humanamente posible --concluyó Farías.
lo cierto era que el pueblo necesitaba la capilla restaurada y a un cura que bautizara, casara, celebrara misa y diera la extremaunción. Fue por esto que mientras un grupo de gente se dedicaba a arreglar la iglesia y otro grupo de mujeres a rezar por el alma del desaparecido sacerdote, los Chaparro partieron en su camioneta a la ciudad más cercana en busca de un reemplazante del padre Justo.
A los cuatro día llegaron con el nuevo cura. Era notable el contraste con el anterior: alto, buen mozo y muy educado, despertó pronto la atención de las damas y la inquietud de los caballeros.
La misa del domingo estuvo más concurrida por mujeres que nunca. El padre Abel con su porte elegante entró con paso seguro por el nuevo pasillo que le habían preparado. La capilla había quedado como nueva y una etapa de tranquilidad parecía cernirse por fin sobre La Colmena.
La sorpresa fue general cuando el sacerdote comenzó a balbucear como un tonto, tiró al suelo el atril que sostenía la Biblia y apagó con un par de feroces estornudos el cirio pascual. Los que esperaban estrecharle la mano a la salida tuvieron que quedarse con las ganas, pues ni bien terminó la ceremonia se dirigió muy apurado na sus aposentos. Una vez allí dio rienda suelta a su angustia.
Durante toda la misa, alguien, debajo de sus pies, había estado hablándole y advirtiéndole cosas terribles. Ajeno como era a todo lo ocurrido con su antecesor, creyó estar al borde de la locura. Pasados los días adjudicó aquella rara sensación al cansancio ocasionado por el largo viaje; pero, cuando al domingo siguiente volvió a padecer el mismo suplicio, tomó una decisión tal vez cobarde pero segura: huyó durante la noche. Tomó sus pertenencias y sin despedirse de nadie ni dar explicaciones se perdió en la oscuridad.
La gente se negaba a creer lo que había hecho este cura.
--La verdad es que a mi desde el principio me pareció bastante raro, tal vez fue mejor que se fuera antes de causar más problemas; tenía alborotadas a todas las jóvenes y a una que otra "señora"; no me extrañaría que que lo haya sacado corriendo algún marido celoso --decretó Cornelia.
Esta vez los encargados de traer al nuevo cura fueron los Barboza, con doña Cornelia a la cabeza. Todos confiaban ciegamente en su capacidad de elección.
Al sábado siguiente trajeron al padre Manuel, una hora antes de celebrar un bautismo. Parecía un buen hombre, regordete y simpático a simple vista.
El bautismo se celebró sin sobresaltos y no hubo indicios de anormalidad por parte del sacerdote.
La misa del domingo se esperaba con ansias. Ya no era un ritual sin sorpresas; cada vez que las campanas llamaban a las once, la gente las oía con la expectativa de quien va a presenciar un espectáculo. El padre Manuel entró en medio de las sonrisas aprobadoras de sus nuevos fieles. Todo fue de maravillas hasta que una voz grave y monocorde comenzó a hablarle desde el suelo. Hizo todos los esfuerzos posibles para disimular, pero las manchas rojizas en su cara y el tartamudeo lo delataron.
Pero él, a diferencia de Abel, decidió tomar el toro por las astas. Dominado por la curiosidad mantuvo una conversación directa y clara que duró más de quince minutos.
Por supuesto la gente no entendió absolutamente nada, incrédulos ante lo que presenciaban. Para ellos era un simple diálogo entre entre el cura y sus pies.
Terminada la charla, Manuel continuó con la ceremonia como si nada hubiera pasado.
--Vamos de mal en peor --se quejó Don Atilio con preocupación--. Uno se creía "el salvador" y se nos fue por una grieta; el otro sale corriendo a escondidas como un ladrón y éste está más loco que una cabra. ¿Qué vamos a hacer?
Esa noche, antes de acostarse, se acercó al altar como había acordado con "la voz". Apoyó la oreja en el suelo y sonrió al escuchar la clave. Sin temblor ni grandes estridencias la grieta se abrió a sus pies y el cura desapareció en las entrañas de la tierra. La caída fue suave y silenciosa. El padre Manuel habló y el eco retumbó varias veces; la oscuridad era absoluta pero él estaba tranquilo, la voz había prometido recibirlo. Permaneció de pie, inmóvil, sin saber si estaba o no sobre tierra firme. Se le hacía difícil respirar.
Comenzó a inquietarse, nadie venía por él. Una mano fría y húmeda lo tomó por el tobillo e instintivamente él pegó un salto. La mano no lo soltó y una fuerza sobrehumana lo arrastró hacia abajo.
Manuel gritaba pero era inútil, seguían tirando de él. De pronto sintió que se ahogaba porque estaba inmerso en un líquido, un líquido espeso y pegajoso que se le adhería. Pasado ese primer momento que para él fue eterno, volvió a respirar sin dificultades y, como si alguien compasivo le hubiera tendido una mano, la luz se hizo a su alrededor.
Ahogó un alarido cuando vio que estaba totalmente rodeado de insectos y reptiles de un tamaño descomunal. Pero las caras, las caras no eran de insecto o reptil: eran humanas. Las criaturas se arrastraban por el barro llorando y gimiendo; algunas le trepaban por las piernas y le suplicaban ayuda con ojos desorbitados. Creyó que eso era la locura o tal vez el infierno.
Entonces la voz habló para socorrerlo, o al menos para explicarle de qué se trataba todo eso.
--Por fin llegaste, Manuel. Yo también creí volverme loco cuando vine. Ni en mis peores pesadillas se vivía algo tan horripilante.
Manuel, que había creído encontrar una esperanza, volvió a sumirse en la desesperación cuando vio los pies y las manos de "la voz". Estaban cubiertas de escamas y cada mano era una garra verdosa tan grande como dos manos humanas.
--No me mires así, Manuel; no me hagas sentir peor de lo que me siento. Ahora vos vas a ser uno más de nosotros. Antes de llegar acá estuve un tiempo en otra parte, un piso intermedio entre el mundo y esto. Allí están los seres más desarrollados; perfeccionan sus almas para cuando todo allá arriba se acabe; cuando todos esos unútiles que fuimos desaparezcan. El proceso comienza en este pueblo pero pronto se extenderá al mundo entero. Pero yo no fui elegido, me mandaron acá, donde debo comenzar todo el ciclo y arrastrarme hasta llegar a su altura.
--¿Y yo ni siquiera pude pasar por el otro sector? ¿Tan miserable soy que no pude ser juzgado? --preguntó Manuel con angustia.
--Yo te traje. Vos caíste en la trampa; por curioso, por soberbio; creíste que descubrirías algo grandioso y en cambio cavaste tu propia fosa. Fuiste un instrumento para mi; al haberte traído se hace más corto mi proceso.
--¿Y el resto del pueblo no vendrá?
--Ellos son los menos evolucionados; cuando les llegue el momento se hundirán en una grieta común y serán destruidos por nosotros, que los devoraremos como a gusanos.
--Pero yo jamás haría algo así. ¿Cómo me voy a devorar a mis propios hermanos? ¡Somos sacerdotes, no demonios! ¡Esto es una locura, una pesadilla!
--No Manuel. Eso pensás ahora, pero cuando tu mente sea la de un reptil o la de un insecto verás las cosas de un modo muy diferente. Sólo pensarás en sobrevivir, en evolucionar un paso más para acceder al piso de arriba. Ya no somos sacerdotes, aquí no hay jerarquías, aquí no hay principios.

El pueblo, desesperanzado ante la nueva desaparición, decidió clausurar la capilla. esa misma tarde, mientras trabajaban en el campo, una grieta ancha y profunda los atrapó hundiendo lo que fuera La Colmena en una oscuridad profunda e inalcanzable. En las grandes ciudades nadie imaginaba que el fin se aproximaba también para ellos.

A Manuel se le nubló la vista, se mareó y perdió la conciencia. Cuando despertó, no supo si un día o un año después, ya no tenía ni manos ni pies; el cuerpo era el óvalo perfecto de una cucaracha y sus piernas, minúsculas patas que se movían con insistencia. A su alrededor bichos como él reptaban y revoloteaban esperando la llegada de la nueva camada que sería su alimento durante días y la posibilidad de ascender un escalón más para llegar a ser, algún día, dignos de habitar la nueva tierra prometida.



Victoria Domínguez