martes, 19 de enero de 2016
Un tesoro escondido.
La primera vez que Oreste vino a la comisaría lo atendí yo.
--Oficial, vengo a hacer una denuncia. Ha desaparecido mi esposa, hace ya dos días que no la encuentro. Esperé lo más que pude para venir pero ya no soporto su ausencia.
Ramírez me miró con complicidad; a más de uno le vendría bien que su mujer desapareciera un par de días.
--Déme alguna descripción de su señora, por favor.
--Uy, usted me pone en una situación en extremo difícil oficial, describir a mi esposa es imposible; ella es… es sencillamente indescriptible.
Ramírez dio media vuelta resoplando y se sumó al resto de los oficiales que estaba jugando al truco en el cuartito del fondo.
--Escuchemé, señor…
--Oreste, me llamo Oscar Oreste.
--Escuchemé señor Oreste; para encontrar a su esposa necesitamos ciertos datos sin los cuales es imposible la búsqueda; por ejemplo: color de pelo, estatura, peso aproximado, cómo vestía el último día que se vieron, en fin, señas particulares, rasgos que la distinguen de otras mujeres.
--¿Pero qué me dice, oficial? Ella es distinta a las demás mujeres, de eso no le quepa la menor duda, créame que me es imposible describirla, ella no es de este mundo, es un ángel.
Perdí la paciencia.
--Entonces para que diablos vino ¿Me quiere decir? ¡Déjese de embromar, ¿quiere? Tenemos cosas importantes que hacer y si vamos a estar una hora tratando de que nos describa a un ángel, estamos fritos.
--Con todo respeto oficial, cómo se nota que usted nunca estuvo enamorado. Cuando uno ama como yo la amo a ella no hay forma de definirla. ¿Cómo decir “tiene ojos marrones, pelo negro”? No sé como es porque jamás la miro así, veo más allá de ella, escucho su voz, su respiración, sus suspiros; hay magia, tengo ganas de besar, de abrazar, de pasar la vida entera junto a esa criatura a la que siempre estuve esperando.
---Se quedó pensativo un momento--. Sinceramente lo compadezco, no todos gozamos de ese privilegio; más de uno se muere sin haberlo conocido--. Se levantó de la silla con dificultad.
--Espere. Oreste, no se vaya.
Me disculpé por mi grosería y volvió a sentarse.
--¿Sabe qué podemos hacer? Usted me alcanza alguna foto de su señora, imagino que tendrá muchas, con eso nos arreglaremos para buscarla; además necesito datos suyos por si tengo novedades.
El viejo aceptó y se fue. Tal vez no volviera a aparecer, al menos por ahora me lo había sacado de encima. El comisario me llamó aparte para ponerme al tanto. Según él habían pasado muchos personajes parecidos a don Oreste por la comisaría con historias similares: me sugería ignorarlo. Le aseguré que lo tendría en cuenta pero no le presté atención; Aragona no me despertaba el más mínimo respeto y mucho menos sus consejos.
Me había equivocado con mi presunción. Vino por segunda vez; yo estaba terminando mi guardia. Ramírez me codeó; levanté la vista y ahí estaba, parado delante de mí con un álbum de cuero enorme bajo el brazo. No podía creerlo. O este viejo era muy ingenuo o me estaba tomando el pelo.
--Buen día oficial, aquí le traigo lo que me pidió.
--Disculpe don Oreste, pero no me refería a esto, con una foto alcanzaba.
--Es cierto, es cierto, son de nuestro casamiento, hace cuarenta años; pero créame, ella está exactamente igual. Yo envejecí, como cualquier mortal, pero ella no, ella permaneció intacta, como una flor en cautiverio. Lamentablemente no tengo fotos más recientes para que pueda comprobarlo, a ella no le gusta que la retraten.
En ese momento vino corriendo Ortiz.
--¿No oíste Benítez? –Se escuchó un tiro y parece que vino del despacho de Aragona.
Salí detrás de él dejando a Oreste con su álbum apoyado en el escritorio, ni siquiera le pedí disculpas. Cuando llegamos al pasillo Ortiz y Vázquez se agacharon muertos de risa.
--Zafaste hermano, nos debes una. Ahí adentro más que un tiro se oye un tiroteo; el comisario está encerrado con su nueva amiguita. Pero reíte un poco, fue un chiste ché.
No sé por qué me sentí tan indignado pero volví rápido a mi lugar. Oreste ya no estaba. Sentí lástima al imaginarlo yéndose solo, cargando con su álbum y la angustia por la falta
de su mujer.
Pasaron casi dos semanas; el trabajo era intenso pero no dejaba de pensar en Oreste. Un hecho me había perturbado más de la cuenta el día anterior. Una anciana había sido hallada deambulando a pocas cuadras de la comisaría; no llevaba documentos encima ni recordaba absolutamente nada, lo que me llevó a pensar que podía ser la señora de Oreste; necesitaba ir a buscarlo antes de que pasara algo malo. Camino a su casa traté de despejarme, estaba completamente mareado y como tantas otras veces en que me encontraba en situaciones difíciles, borré todo de mi mente. Me costó hallar la casa. Era una construcción humilde. Como la puerta no tenía timbre, golpeé; nadie me abrió. Ya me iba cuando alguien habló desde adentro, contesté y Oreste me abrió la puerta.
--Disculpe, don Oreste; como no vino más por la comisaría supuse que su señora habría vuelto.
El viejo me miró extrañado, mi aspecto debía ser lamentable.
--Pase oficial, no se quede ahí parado.
Lo seguí por el largo pasillo sin dirigirnos la palabra. Una vez en el comedor el olor a tostadas y café recién hecho lo impregnaba todo. Me invitó a sentar y aproveché para contarle del hallazgo. Su cara se transformó por completo.
--Usted me habla de una anciana arteroesclerótica y yo le hablaba de una mujer, oficial.
Traté de explicarle pero se exasperó.
--Ya sé. Usted cree que yo soy también un anciano arteroesclerótico que delira y que se quedó en el tiempo, es más, hasta debe pensar que mi esposa murió hace años y yo no pude sobreponerme al dolor ¿verdad?
¿Para qué mentirle? Era exactamente lo que pensaba de él, aunque por momentos parecía mucho más lúcido que yo. Me observaba con detenimiento mientras seguía hablando.
--Bueno, lamento desilusionarlo, pero en realidad el desilusionado soy yo. Creí que se diferenciaba en algo de esa manga de tilingos que tiene por compañeros que no hacen más que gesticular y hacer muecas ridículas cada vez que voy por allí; pero veo que no, que no se diferencia en lo más mínimo.
En ese momento oí el ruido de la puerta del baño y me levanté de la silla. Ante mí tenía a la mujer más hermosa que hubiera visto; el pelo mojado peinado hacia atrás, muy negro, le caía sobre los hombros y la bata de toalla rosada no disimulaba las curvas de su cuerpo. Quedé perplejo y se debe haber notado porque ella se cruzó de brazos intentando cubrirse y medio turbada anunció que se iba a vestir. Me sentí avergonzado de mis pensamientos. Fue como en un instante remontarme a mi adolescencia, cuando les escribía poemas eróticos a compañeras del secundario que me parecían inalcanzables; mi imaginación me hacía sentir que así las tocaba, las acariciaba y ellas morían por mí. La realidad era bastante menos excitante porque jamás fui correspondido, lo único que conseguía era un cachetazo de parte de ellas o de sus novios. –La voz del viejo me volvió al presente, tuve que tapar el bulto en mi pantalón.
--Ella es muy tímida, no sabía que usted estaba, por favor discúlpela. --El tono de su voz se suavizó notablemente.
--No tengo nada que perdonarle, al contrario, acá el que sobra soy yo; los dejo solos, me alegro mucho de que todo esté en orden y que tenga a su esposa de vuelta.
--Ella es tan impredecible oficial. Debo reconocer que mi cabeza no es la de antes; ella me dice cosas y yo las olvido; fue a visitar a su hermana a Junín, jura habérmelo anunciado y yo jamás dudo de su palabra. En realidad no fui a verlo por vergüenza, no por ingratitud, imagínese, lo molesté tanto… Hubiera pensado que era un tonto o lo que es peor, un viejo gagá.
--No diga eso don Oreste; yo le tomé mucho afecto, en serio. –Me sentía ridículo diciendo estas cosas--. Deseaba con toda el alma que encontrara a su esposa. No es común oír a un hombre hablar de esa manera sobre su pareja, al menos entre mis conocidos.
Me despedí, Oreste intentó retenerme pero me negué. Ya en la calle respiré hondo; no podía creerlo, esa mujer era una belleza, no podía ser la misma que él trataba de describirme en la comisaría, ésta no tenía más de treinta años. Estaba embotado cuando llegué a casa. Me saqué el uniforme mientras abría la ducha; necesitaba un baño de agua fría cuanto antes. Me senté sobre la cama para abrir el cajón y sacar ropa interior limpia pero algo blando debajo mío me hizo levantar de un salto; pegué un grito cuando vi un cuerpo grisáceo despatarrado sobre las sábanas; tenía los ojos abiertos y la zona de la pelvis tajeada. Me acerqué más pero el hedor era y la impresión me hicieron vomitar. Apenas tomé fuerzas para levantarme cuando oí sirenas y el timbre. En la puerta estaba Ramírez.
--Benítez, tenemos una orden de allanamiento, por favor dejáme pasar. –Mi compañero me miraba con asco y recordé que no me había limpiado la cara y estaba con el torso desnudo. El aturdimiento era tal que no pude siquiera explicarle lo que iba a encontrar en el dormitorio. Cuando salió, su cara era peor que la anterior.
--Tenés que acompañarnos.
Oí que conversaba con Vázquez. Hablaban de posible asesinato y ordenaban una autopsia. No podía creer estar metido en eso: lo último que vi fue a mis compañeros lavándome la cara y poniéndome una camisa, después sentí que me sumergía en un abismo negro. Cuando recuperé la conciencia estaba rodeado de policías.
--¿Te sentis mejor? –El tono irónico de Aragona me irritaba.
--No mucho. Hoy me sentí enfermo todo el día y muy confundido.
--Estás metido en un lío, Benítez. De un momento a otro nos dan el resultado de la autopsia.
--Estoy mareado pero no amnésico. Me acuerdo bien de lo que pasó en casa. ¿Averiguaron que hacía ese cadáver sobre mi cama?
Mis compañeros se miraron sin hablar y yo perdí la paciencia.
--¿Se puede saber quién era ese maldito muerto?
--Era la mujer de Oreste.
--¿Qué? ¡Pero eso es absurdo! Si yo estuve con ellos dos en su casa, el mismo Oreste me la presentó; era una mujer joven, muy linda… Por favor localícenlo, necesito hablar con él.
Ortiz salió a buscarlo. Cuando lo ví entrar sentí alivio.
--Don Oreste, cuénteles de mi visita esta tarde cuando conocí a su mujer--. Mi ansiedad era inocultable.
--No sé de que me está hablando--. Miraba al resto de los oficiales como si yo no existiera--. Lo único que sé es que mi señora apareció muerta en su casa, no sé que mentira está inventando para cubrirse pero no cuente conmigo--. El viejo se tapó la cara en una actitud que todos compadecieron pero que a mí me resultó repugnante.
Miré en todas direcciones buscando una actitud comprensiva, o que alguno de mis compañeros me apoyara. Pero no. El comisario, como de costumbre, no tuvo ningún miramiento.
--Estás detenido Benítez, por lo menos hasta que investiguemos.
Esa noche se me hizo insoportable porque casi no dormí; en los pocos momentos que conseguí hacerlo tuve pesadillas horribles. Se me aparecía la mujer que estaba en casa de Oreste y abriéndose la bata de toalla rosada dejaba al descubierto su figura perfecta, me seducía, me besaba y me empujaba sobre un ataúd en el que yacía una anciana muerta; yo gritaba y me resistía pero ella cerraba la tapa ayudada por Aragona, que no paraba de reír a carcajadas. De pronto una mano en mi hombro y una voz familiar me sacaron de la pesadilla. Era Ramírez.
--Benítez, estás empapado, tuviste un mal sueño. Vine a avisarte que ya nos dieron el resultado de la autopsia. Parece que la vieja murió a causa de una infección; le encontraron restos de oro y polietileno en la vagina. Según los médicos si se cambia con frecuencia no hay peligro, pero evidentemente se olvidó. Parece que tenía guardado su pequeño tesoro ahí adentro ¡Qué imaginación! Nunca se me hubiera ocurrido. La cuestión es que el oro despareció y hay señales de que pueden haberla tenido secuestrada. No me gustaría estar en tu pellejo, hermano, estás hasta las pelotas.
--¿Y Oreste? ¿No piensan investigarlo?
--No va a ser posible; lo encontraron muerto esta mañana, se suicidó. Te dejó esto. Cuando tenga alguna novedad vuelvo.
Ramírez salió. Me sentía mal, otra vez ese maldito zumbido en la cabeza y aquella vieja sensación de deja vu. Los recuerdos se me agolpaban en forma desordenada; la anciana encontrada en la calle, el interrogatorio, ella que repetía continuamente una frase incomprensible mientras se fregaba debajo del vientre, el comisario que me echaba a un lado y se encerraba con ella, los ruidos, los gritos, el dolor insoportable de cabeza y la ida a casa de Oreste. Todo empezaba a acomodarse. Oí pasos, era Aragona. Entró en mi celda.
--Me imagino que tu compañero te habrá contado. Ya estoy tratando de conseguirte un abogado. Te dije que no te metieras con los locos que vienen, que ibas a terminar mal.
--¿Qué hizo con la vieja que estaba interrogando?
--La mandé a su casa.
--¿Cómo hizo, si no tenía documentos ni se acordaba de nada?
--Investigando Benítez, mientras anda perdido en sus ausencias.
Aragona sabía que yo padecía un mal y lo aprovechaba para confundirme.
--Yo oí los ruidos de golpes en su despacho, los gritos de la pobre anciana y también conozco muy bien los métodos que acostumbra usar.
--En fin Benítez, así son las cosas. Como te dije, en cualquier momento te mando al abogado. No creo verte, mañana salgo de vacaciones.
--¿Escuchó lo que le dije? Recordé todo y lo voy a contar.
--Hasta la vuelta Benítez, espero encontrarte en mejor situación al llegar, pero… Salía de la celda cuando Vázquez le avisó que lo esperaba su mujer.
--Decile que venga Vázquez, quiero presentársela a Benítez. Vázquez me miró desconcertado y fue a buscarla. El elegante vestido le sentaba tanto como la bata, estaba tan deslumbrante como días atrás.
--Es mi flamante mujer, Leonor. Mi amor, este es el oficial Benítez, está pasando un mal momento, vos sabés, la codicia, pero ya vamos a ayudarlo a salir.
Todo estaba claro. Él tenía la manija y yo había caído como el más estúpido.
Cuando se fueron ya no sentía furia, sino autocompasión. Miraba esas paredes oscuras llenas de marcas entre las cuales había encerrado a tantos tipos. Sólo Dios sabría cuánto tiempo iba a estar allí. Me senté en el banco empotrado y estiré el brazo. El pesado álbum de Oreste estaba en el rincón donde lo dejara Ramírez. El primer impulso fue tirarlo y pisotearlo, no quería más recuerdos de ese maldito anciano; loco o no me había metido donde estaba con su mentira, pero la curiosidad pudo más y lo abrí. Las fotos estaban algo amarillentas pero nítidas. La mujer tenía un sorprendente parecido con esa tal Leonor; parecían muy enamorados y ella era notablemente hermosa. Atrás de todo, despegadas encontré otras dos más actuales, en una, la anciana cortando flores parecía sorprendida por el fotógrafo y en la otra aparecía el cadáver hallado en casa. En el reverso decía: “Así me la devolviste, maldito”. Cerré el álbum con los ojos empañados y con la convicción de que no lo había escrito Oreste.
Victoria Dominguez
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