martes, 19 de enero de 2016

La Tierra prometida


Era domingo y, como todos los anteriores, la gente de La Colmena, un pueblito alejado de la capital, esperaba las campanadas de la capilla que llamaba a misa de 11. 
En realidad no todos tenían el coraje de asistir. El padre Justo, único sacerdote de la única iglesia, tenía una visión apocalíptica de la vida y su interpretación de las Sagradas Escrituras era bastante transgresora. Por eso generalmente los padres no llevaban a sus hijos menores a misa y los adultos algo impresionables preferían evitar esos sermones plagados de malos augurios, inspirados en sus famosos "sueños reveladores", en los que veía animales prehistóricos devorando gente inocente, surcos en la tierra por donde desaparecía el mundo en medio de gritos y desesperación. Esto hacía que la concurrencia a la iglesia fuera cada vez más escasa ya que no todos estaban dispuestos a aceptar semejantes atrocidades como un mensaje de la voluntad divina.
Esa misma noche el padre Justo tuvo un sueño que lo desveló por completo; despertó sudoroso y temblando porque las visiones habían sido increíblemente sangrientas. No podía esperar a la misa del domingo para alertar a sus fieles, de manera que visitó una por una a todas las familias del pueblo. La mayoría escuchó sus palabras con respeto y prometió tomar las precauciones necesarias, otros pocos hicieron caso omiso a sus advertencias y sólo un par, muy osados, le cerraron las puertas en las narices.
La semana transcurrió sin sobresaltos, aunque algunos evitaron salir de sus casas, descuidando su trabajo. Cuando por fin llegó el domingo, el padre entró por el pasillo principal sin esperar el habitual canto de bienvenida, con muy mala cara y pisándose la sotana a medio vestir. El sueño se había repetido y la advertencia se había transformado en una orden.
--Queridos hermanos, el fin está cerca. Debéis cuidaros de las tentaciones del demonio y orar, orar sin cesar.
estas fueron sus últimas palabras porque en medio de un temblor y un ruido escalofriantes, velas que volaban en todas direcciones, portazos y gritos, el mármol del altar se cubrió de grietas ccada vez más anchas hasta que, ante la mirada atónita de los fieles, se abrió una enorme, a los pies del mismísimo sacerdote, y se lo tragó, llevándolo quién sabe adónde.
En cuanto cesó el temblor los hombres más fuertes se acercaron a la grieta para rescatar al pobre cura, pero el esfuerzo fue inútil. Lo llamaron a gritos, cavaron, iluminaron con faroles y hasta echaron agua, pero no había señales del padre Justo.
Esa misma noche se hizo una reunión en la casa de la familia Barboza.
--Yo digo, ¿Acaso este cura no se habrá escapado? Tal vez en medio de la confusión salió corriendo, perdió la conciencia y no pudo volver.
--Oiga, don Cosme, usted es muy imaginativo, pero yo, con estos dos ojos que gracias a Dios funcionan de maravilla, vi cómo esa grieta se tragaba al padre; lo vi hundirse hasta desaparecer bajo tierra, ¿entiende?-- protestó Cornelia Barboza, apoyada por el resto de la concurrencia.
Don Cosme se quedó mirando para abajo con resignación.
--Yo propongo una campaña para rescatarlo --sugirió Farías, un militar retirado que vivía en el pueblo hacía un mes--. Podemos cavar un túnel y llegar adonde quiera que esté este pobre hombre.
--A mi me parece una buena idea. ¿Cuándo podemos empezar? --Concluyó Cornelia con aire de autoridad.
Así fue como a la mañana siguiente todo el grupo más cercano a la iglesia estuvo presente para colaborar, cebando mate o contando chistes para mantener despiertos a los trabajadores. Nadie faltó a la cita.
Pasaron un día entero, con su noche incluida, buscando un indicio de Justo. Uno de los muchachos llegó a meterse bastante profundo pero tuvo que salir porque el aire era irrespirable. Por fin se dieron por vencidos.
--Tal vez su sueño premonitorio se cumplió. Habrá sido la voluntad de Dios no más...
--Pero en su sueño, si no entendí mal, éramos "todos" los que desaparecíamos, no él solo, ¡Pobre desgraciado! --reflexionó Cornelia preocupada.
--Tendremos que dejar que se haga la voluntad del Señor. Nosotros ya hicimos lo humanamente posible --concluyó Farías.
lo cierto era que el pueblo necesitaba la capilla restaurada y a un cura que bautizara, casara, celebrara misa y diera la extremaunción. Fue por esto que mientras un grupo de gente se dedicaba a arreglar la iglesia y otro grupo de mujeres a rezar por el alma del desaparecido sacerdote, los Chaparro partieron en su camioneta a la ciudad más cercana en busca de un reemplazante del padre Justo.
A los cuatro día llegaron con el nuevo cura. Era notable el contraste con el anterior: alto, buen mozo y muy educado, despertó pronto la atención de las damas y la inquietud de los caballeros.
La misa del domingo estuvo más concurrida por mujeres que nunca. El padre Abel con su porte elegante entró con paso seguro por el nuevo pasillo que le habían preparado. La capilla había quedado como nueva y una etapa de tranquilidad parecía cernirse por fin sobre La Colmena.
La sorpresa fue general cuando el sacerdote comenzó a balbucear como un tonto, tiró al suelo el atril que sostenía la Biblia y apagó con un par de feroces estornudos el cirio pascual. Los que esperaban estrecharle la mano a la salida tuvieron que quedarse con las ganas, pues ni bien terminó la ceremonia se dirigió muy apurado na sus aposentos. Una vez allí dio rienda suelta a su angustia.
Durante toda la misa, alguien, debajo de sus pies, había estado hablándole y advirtiéndole cosas terribles. Ajeno como era a todo lo ocurrido con su antecesor, creyó estar al borde de la locura. Pasados los días adjudicó aquella rara sensación al cansancio ocasionado por el largo viaje; pero, cuando al domingo siguiente volvió a padecer el mismo suplicio, tomó una decisión tal vez cobarde pero segura: huyó durante la noche. Tomó sus pertenencias y sin despedirse de nadie ni dar explicaciones se perdió en la oscuridad.
La gente se negaba a creer lo que había hecho este cura.
--La verdad es que a mi desde el principio me pareció bastante raro, tal vez fue mejor que se fuera antes de causar más problemas; tenía alborotadas a todas las jóvenes y a una que otra "señora"; no me extrañaría que que lo haya sacado corriendo algún marido celoso --decretó Cornelia.
Esta vez los encargados de traer al nuevo cura fueron los Barboza, con doña Cornelia a la cabeza. Todos confiaban ciegamente en su capacidad de elección.
Al sábado siguiente trajeron al padre Manuel, una hora antes de celebrar un bautismo. Parecía un buen hombre, regordete y simpático a simple vista.
El bautismo se celebró sin sobresaltos y no hubo indicios de anormalidad por parte del sacerdote.
La misa del domingo se esperaba con ansias. Ya no era un ritual sin sorpresas; cada vez que las campanas llamaban a las once, la gente las oía con la expectativa de quien va a presenciar un espectáculo. El padre Manuel entró en medio de las sonrisas aprobadoras de sus nuevos fieles. Todo fue de maravillas hasta que una voz grave y monocorde comenzó a hablarle desde el suelo. Hizo todos los esfuerzos posibles para disimular, pero las manchas rojizas en su cara y el tartamudeo lo delataron.
Pero él, a diferencia de Abel, decidió tomar el toro por las astas. Dominado por la curiosidad mantuvo una conversación directa y clara que duró más de quince minutos.
Por supuesto la gente no entendió absolutamente nada, incrédulos ante lo que presenciaban. Para ellos era un simple diálogo entre entre el cura y sus pies.
Terminada la charla, Manuel continuó con la ceremonia como si nada hubiera pasado.
--Vamos de mal en peor --se quejó Don Atilio con preocupación--. Uno se creía "el salvador" y se nos fue por una grieta; el otro sale corriendo a escondidas como un ladrón y éste está más loco que una cabra. ¿Qué vamos a hacer?
Esa noche, antes de acostarse, se acercó al altar como había acordado con "la voz". Apoyó la oreja en el suelo y sonrió al escuchar la clave. Sin temblor ni grandes estridencias la grieta se abrió a sus pies y el cura desapareció en las entrañas de la tierra. La caída fue suave y silenciosa. El padre Manuel habló y el eco retumbó varias veces; la oscuridad era absoluta pero él estaba tranquilo, la voz había prometido recibirlo. Permaneció de pie, inmóvil, sin saber si estaba o no sobre tierra firme. Se le hacía difícil respirar.
Comenzó a inquietarse, nadie venía por él. Una mano fría y húmeda lo tomó por el tobillo e instintivamente él pegó un salto. La mano no lo soltó y una fuerza sobrehumana lo arrastró hacia abajo.
Manuel gritaba pero era inútil, seguían tirando de él. De pronto sintió que se ahogaba porque estaba inmerso en un líquido, un líquido espeso y pegajoso que se le adhería. Pasado ese primer momento que para él fue eterno, volvió a respirar sin dificultades y, como si alguien compasivo le hubiera tendido una mano, la luz se hizo a su alrededor.
Ahogó un alarido cuando vio que estaba totalmente rodeado de insectos y reptiles de un tamaño descomunal. Pero las caras, las caras no eran de insecto o reptil: eran humanas. Las criaturas se arrastraban por el barro llorando y gimiendo; algunas le trepaban por las piernas y le suplicaban ayuda con ojos desorbitados. Creyó que eso era la locura o tal vez el infierno.
Entonces la voz habló para socorrerlo, o al menos para explicarle de qué se trataba todo eso.
--Por fin llegaste, Manuel. Yo también creí volverme loco cuando vine. Ni en mis peores pesadillas se vivía algo tan horripilante.
Manuel, que había creído encontrar una esperanza, volvió a sumirse en la desesperación cuando vio los pies y las manos de "la voz". Estaban cubiertas de escamas y cada mano era una garra verdosa tan grande como dos manos humanas.
--No me mires así, Manuel; no me hagas sentir peor de lo que me siento. Ahora vos vas a ser uno más de nosotros. Antes de llegar acá estuve un tiempo en otra parte, un piso intermedio entre el mundo y esto. Allí están los seres más desarrollados; perfeccionan sus almas para cuando todo allá arriba se acabe; cuando todos esos unútiles que fuimos desaparezcan. El proceso comienza en este pueblo pero pronto se extenderá al mundo entero. Pero yo no fui elegido, me mandaron acá, donde debo comenzar todo el ciclo y arrastrarme hasta llegar a su altura.
--¿Y yo ni siquiera pude pasar por el otro sector? ¿Tan miserable soy que no pude ser juzgado? --preguntó Manuel con angustia.
--Yo te traje. Vos caíste en la trampa; por curioso, por soberbio; creíste que descubrirías algo grandioso y en cambio cavaste tu propia fosa. Fuiste un instrumento para mi; al haberte traído se hace más corto mi proceso.
--¿Y el resto del pueblo no vendrá?
--Ellos son los menos evolucionados; cuando les llegue el momento se hundirán en una grieta común y serán destruidos por nosotros, que los devoraremos como a gusanos.
--Pero yo jamás haría algo así. ¿Cómo me voy a devorar a mis propios hermanos? ¡Somos sacerdotes, no demonios! ¡Esto es una locura, una pesadilla!
--No Manuel. Eso pensás ahora, pero cuando tu mente sea la de un reptil o la de un insecto verás las cosas de un modo muy diferente. Sólo pensarás en sobrevivir, en evolucionar un paso más para acceder al piso de arriba. Ya no somos sacerdotes, aquí no hay jerarquías, aquí no hay principios.

El pueblo, desesperanzado ante la nueva desaparición, decidió clausurar la capilla. esa misma tarde, mientras trabajaban en el campo, una grieta ancha y profunda los atrapó hundiendo lo que fuera La Colmena en una oscuridad profunda e inalcanzable. En las grandes ciudades nadie imaginaba que el fin se aproximaba también para ellos.

A Manuel se le nubló la vista, se mareó y perdió la conciencia. Cuando despertó, no supo si un día o un año después, ya no tenía ni manos ni pies; el cuerpo era el óvalo perfecto de una cucaracha y sus piernas, minúsculas patas que se movían con insistencia. A su alrededor bichos como él reptaban y revoloteaban esperando la llegada de la nueva camada que sería su alimento durante días y la posibilidad de ascender un escalón más para llegar a ser, algún día, dignos de habitar la nueva tierra prometida.



Victoria Domínguez



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