viernes, 11 de marzo de 2016

El pozo en el jardín.

De chica mis compañeros más frecuentes eran Lucy, mi vecina de enfrente, y Wolf, mi perro ovejero. La señora que vivía al lado venía un rato a la tarde a prepararme la merienda y se quedaba hasta que papá llegaba de trabajar. 
Una tarde de domingo él se había ido al bar de la esquina con sus amigos y con Lucy nos quedamos mirando dibujos animados. Me pareció raro que Wolf no anduviera rondando cerca de nosotras y salí a buscarlo. Lo llamé varias veces pero no aparecía. Al fin corrí al jardín y allí estaba, sacudiéndose. Había cavado un pozo enorme, desparramando tierra por todos lados.
Cuando me acerqué para retarlo vi algo grisáceo en el pozo. En ese momento Lucy me gritó desde la cocina que llegaba mi padre. Wolf y yo corrimos como locos para limpiarnos antes que papá abriera la puerta.
Gracias a Dios o a la suerte no sospechó nada, así que al día siguiente, con la ayuda de Tomás, un compañero de la escuela que siempre se jactaba de ser un forzudo, nos dispusimos a descubrir el tesoro.
El gran tesoro de los piratas resultó ser un bulto grande y pesado, imposible de levantar. Me metí en el pozo y con una tijera corté los piolines y la tela que lo envolvían.
Sé que grité cuando, al desgarrarse el trapo húmedo y sucio, apareció una cara deforme que me miraba fijo; pero no me acuerdo cómo salí de allí y llegué a la cocina.
Nos quedamos sentados en silencio hasta que llegó papá y al fin pude llorar mientras lo abrazaba con fuerza. Entre los tres le contamos lo que había pasado. Esperábamos ver miedo o sorpresa, pero en cambio pareció no importarle demasiado. Echó de mala manera a mis amigos y me mandó a la cama después de repetirme como diez veces que yo ya sabía que ese lugar estaba prohibido para nosotros y que por desobediente iba a recibir mi castigo.
Esa noche dormí muy mal. Tuve pesadillas y me desperté varias veces llamando a mi mamá. Ella, que ni siquiera se había despedido de mi cuando se fue. Nos dejó solos a papá y a mí para irse lejos; tampoco escribió una carta, nada. Tantas noches con mi bolsito preparado, esperando que volviera. Finalmente me dormí, abrazando a mi osito.
A la mañana siguiente sorprendí a papá con un desayuno en la cama, pero no sirvió de nada. Apenas lo probó y estuvo toda la semana triste, enojado y fumando todo el tiempo. Su mal humor y sus amenazas no disminuyeron mi curiosidad y volví al fondo, pero ya todo estaba tapado. Wolf se empeñó en seguir escarbando pero no encontró nada. Dejé todo limpio y traté de olvidar.
Con el tiempo quise convencerme , al igual que Lucy y Tomás, de que todo había sido producto de nuestra imaginación, una "fantasía de chicos aburridos", como decían nuestros padres. Sin embargo no podía olvidar.
Ya no era una nena; la relación con mi padre no era mala pero cierta tirantez nos alejaba. Nunca más hablamos del pozo en el jardín pero yo no dejaba de recordarlo.
Una tarde lo convencí de que fuera al cine, de que saliera un poco, de que dejara el encierro de la casa o la oficina y aproveché para volver al lugar. Mi viejo y fiel perro me acompañó.
Algo brillante llamó de pronto mi atención; lo levanté con cuidado y vi que era un anillo. Subí a mi dormitorio, lo limpié y noté que estaba un poco abollado pero aún se distinguían claramente las iniciales grabadas. Me sacudió una sensación semejante a la de aquella tarde de tantos años atrás, una ocurrencia seguramente absurda pero que encajaba.
Desde abajo me llegó la voz de papá avisando que había vuelto. Bajé. Estaba sentado en su sillón leyendo el diario y no levantó la vista hasta que le puse el anillo frente a los ojos.
Palideció y empezó a hablar como si estuviera en trance.
--Ella estaba tan linda esa noche, parecía una muñeca con ese vestido rojo. Era nuestro aniversario y vos estabas con la abuela. Brindamos más de una vez y la noté extraña, como siempre cuando tomaba un poco de más. Me gustaba verla así; distendida, distinta. De pronto se puso a hablar de cosas raras. Dijo que vos no eras hija mía. De eso me acuerdo bien; lo demás no lo escuché. La miraba mover los labios pero no entendía lo que me decía. Vi que mis manos le aferraban el cuello; la cabeza me pedía soltarla pero los dedos no me obedecían. Apreté hasta que dejó de resistirse. La envolví en una sábana y la llevé al fondo. Eso fue todo.
Yo no podía creer lo que escuchaba. No solo descubría que ese hombre no era mi padre; además, ese desconocido, después de haberme engañado durante años con la mentira de un falso abandono, admitía con descaro que había matado a mamá.
Su cara me dio asco al imaginar la escena que él describía. Subí en silencio a mi cuarto y guardé unas pocas cosas en el bolso; le puse la correa a Wolf y bajamos.
Él estaba parado frente a la puerta mirando el suelo. Sobre la mesa ratona había un revólver. Señalándolo me dijo:
--Si e vas, me mato.
Me acerqué, tomé el arma con mi pañuelo y se la puse en la mano. Sin mirarlo abrí la puerta. Cuando llegamos a la reja de entrada oí el disparo.
De algo estaba segura; yo no iba a ensuciarme las manos enterrándolo en su jardín.

Victoria Dominguez



5.

Él me lleva a la locura del placer más extremo, y me protege como a su tesoro más preciado, es simple y eternamente, mi amor más esperado

Victoria Dominguez

4.

Podemos ser pequeños seres deambulando por el mundo o lograr caminar dejando huella por donde transitamos.

Victoria Dominguez

3.

La vida puede ser dura a veces, pero si el fuego del alma permanece encendido, todo puede superarse, hasta la más tenebrosa y fría oscuridad.

Victoria Dominguez

2.

La vida se divide en capítulos que hay que entender, absorber y analizar para pasar al siguiente; y aún si uno no es acorde a nuestras expectativas, el desenlace puede sorprendernos.

Victoria Dominguez

1.

Una fuerza animal me mantiene viva, arraigada a un sueño, deseosa y sedienta de nuevos sabores. Enigmático y esquivo el deseo se adueña de mis entrañas y me hace suya.

Victoria Dominguez