Le pregunto. Dirigiéndome a alguien invisible, impalpable ¿esto es amor?
¿Qué es esto? Esto que siento; este hombre me posee por completo, se adueña de mi cuerpo, de mi alma, de mis sentimientos; me consume la carne hasta los huesos. Deseo con ansias casi animales su esencia, su semen, todos sus fluidos; quiero su cuerpo y su espíritu, todo en uno.
¿Es eso amor? ¿Desear con las entrañas que me someta como su esclava sexual? ¿Hacer lo que me pida, abrirme sin reservas ni peros, hasta lo más profundo de mi? No poder ni querer decirle no rindiéndome a sus caprichos y a su indecencia; llegar a probar lo prohibido de besar a otra mujer, de besar el miembro de otro hombre solo por darle placer, embeberme en líquidos que jamás pensé probar, y lamer todo su cuerpo como una fiera en celo.
Ya no me importa si usted me contesta ; si me consumo en un orgasmo interminable y al mirar sus ojos lo encuentro ya nada más importa, yo sola habré hallado la respuesta.
Victoria Domínguez
11 de Mayo 2013
miércoles, 20 de enero de 2016
El Banquete
Desperté de aquel letargo como si hiciera años que dormía. Tenía una sensación de lasitud inexplicable. Poco a poco fui recordando lo que había pasado. Estaba en mi fiesta de casamiento con Olivia, había tomado mucho; ella siempre me recriminaba mi falta de control pero esa noche habíamos hecho un trato: nada de límites. Estaba tan aturdido que no era consciente de lo que hacía pero sí recuerdo los ojos de Olivia cuando me vio intentando seducir a una de sus mejores amigas. Ese instante de lucidez me impulsó a correrla desesperado por los pasillos y al entrar detrás de ella en la cocina la vi levantar un cuchillo. A partir de entonces sólo hubo oscuridad.
Cuando abrí los ojos y me encontré en este cuarto mínimo me invadió una sensación de claustrofobia. me habían despertado unos golpes a la puerta; al abrir me encontré con un tal Robles, un tipo flaco y desgarbado que dijo ser mi vecino de la derecha. Después de darme la bienvenida con un fuerte apretón de manos, se fue.
Por la noche, alrededor de las nueve, sentí pasos afuera y me asomé; vi pasar varios hombres en fila. Luego, a eso de las tres de la mañana, nuevamente oí pisadas y espié su retorno.
Al día siguiente resolví seguirlos; esperé a las ocho y media y me agazapé detrás de una lápida. estaba más oscuro que de costumbre porque no había luna. A las nueve en punto pasaron en hilera por entre las tumbas, vestidos de fiesta.
Los seguí. Bajaron por una escalera medio oculta entre dos árboles y llegaron a un túnel. Después de atravesar un pasillo largo iluminado con velas los esperaba una cueva, vino, comida y mujeres. Nadie hablaba, sólo se oía ruido de mandíbulas masticando y el descorchar de botellas. Yo estaba pegado a la pared húmeda en el único rincón sin luz.
Al principio creí que era una orgía. Después noté que eran menos aunque no había visto salir a nadie. Era difícil de creer pero era cierto; estaban comiéndose unos a otros.
Cuando sólo quedaban cuatro salí corriendo como un loco y me zambullí en la cama deseando que todo fuera una pesadilla. Pero no, a las tres los vi llegar satisfechos y algo rasguñados.
Por la mañana volvió a despertarme Robles.
--Nos encantaría que cenara con nosotros esta noche; todavía no tuvimos la oportunidad de darle el recibimiento que se merece.
Le dije que iría encantado, sabiendo que no pensaba hacerlo. Esa noche fingí quedarme dormido pero a las nueve de la noche del día siguiente volvió Robles bastante irritado y con un tono más enérgico dijo:
--No queremos tomar lo de anoche como un desplante; le damos la oportunidad de resarcirse acompañándonos hoy. Sin excusas, por favor.
--Me gustaría arreglarme un poco, estoy desaliñado --respondí tembloroso.
--Cómo no, acá lo esperaremos.
Las piernas me temblaban; traté de recomponerme y salí con ellos. Robles iba acompañado de alguien irreconocible que tenía la cara cubierta por un velo y usaba una larga túnica negra. Como no dijo su nombre tampoco me molesté en presentarme.
Fingí no conocer el camino y al llegar a la cueva me recibieron amablemente; no sé si estaba demasiado sugestionado pero me pareció que se relamían.
Mientras comíamos, el hombre que estaba enfrente de mi empezó a mordisquearle la oreja a la mujer que tenía al lado y grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que alguien a mis espaldas me besaba el cuello.
Giré bruscamente y me encontré con la mirada de aquella noche terrible, con los ojos llenos de odio de Olivia. Ella se corrió el velo, se despojó de la túnica y supe que era la acompañante de Robles.
Nos miramos durante unos minutos que parecieron eternos, me dejé envolver por sus brazos pálidos y nos besamos con pasión hasta que los besos se transformaron en mordiscos y por fin en una sangrienta batalla por ver quién devoraba a quién.
No sé cuánto tiempo duró la lucha pero cuando conseguí levantarme me sentía agotado, con la cabeza que pesaba toneladas.
Encontré en el suelo los restos de Olivia, mi Olivia; sentí una tristeza infinita al ver esos huesos diseminados y la carne retorcida en un nudo informe.
Al pasar los días recordé las palabras que dijo mientras me abrazaba: "Una mujer despechada nunca olvida"
Y nada podía ser peor que su venganza.
Por más que intentaba cerrar los ojos para dormir, ella me los abría con los dedos; cuando conseguía tener un poco de hambre me cerraba la garganta; y en todo momento me retorcía los músculos, me quebraba los huesos y me empujaba los ojos para afuera.
Nunca existiría el perdón; había venido tras de mi para quedarse en mis entrañas y, por fin, devorarme por dentro.
Victoria Domínguez
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