jueves, 21 de enero de 2016

La tumba del amor.

Quien crea que el matrimonio es la tumba del amor y lo más aburrido y rutinario que puede pasarle a un ser humano tiene que conocer la historia de los Gutiérrez del Prado.
Todos saben que no se casaron por amor sino gracias a un convenio entre ambas familias: la unión del dinero y de un apellido paquete venido a menos. También es cierto que a los novios poco les importaban los motivos ni los beneficios; si en dieciocho años de vida no habían tomado una sola decisión menos la iban a tomar ahora. Se conocían desde chicos, eran lindos... ¿Qué más hacía falta?
La fiesta de casamiento fue de una fastuosidad absurda, con el salón y el enorme parque repletos de gente, la mayoría desconocidos para los recién casados. La noche de bodas fue un fraude: Emilio se quedó dormido con la ropa puesta y Berta hubiera hecho lo mismo de no ser tan incómodo su vestido.
Los dos estaban en las nubes, pero no por amor sino por ignorancia. Todavía no se habían detenido a pensar en lo que habían hecho. Estaban unidos por una libreta, un sacerdote, un par de alianzas de oro y ni siquiera se conocían realmente. Iban a tomar un avión rumbo a un viaje de luna de miel que no eligieron.

Los primeros años la situación no fue tan dramática. Habían aprendido a tenerse cierto afecto y se toleraban lo suficiente como para no pasar de discusiones "civilizadas". Las familia de ambos vivían pendientes de la llegada de un vástago; después de todo para eso es el matrimonio, declaraba papá Edmundo, pero lo cierto es que ellos ponían tanto empeño en engendrar un hijo como el que habían puesto en casarse: ninguno.
El problema empezó dos días antes del cuarto aniversario, cuando Berta descubrió que estaba enamorada de un compañero de la facultad. Como no se caracterizaba por su astucia no hizo el mínimo esfuerzo por disimular frente a su marido. Él, sin ser un dechado de inteligencia, tampoco era estúpido, así que en seguida notó los cambios producidos en Berta. La veía inquieta, sonriente, esplendorosa, como si le hubieran inyectado felicidad. De inmediato se enamoró perdidamente de ella y se enojó consigo mismo por haber vivido cuatro años con esa muñequita sin amarla como correspondía.
De más está decir que se produjo un corto circuito. Ella, acostumbrada a la indiferencia de Emilio, soñaba dormida o despierta, según la ocasión, con el príncipe azul que la había encandilado. Fue en medio de uno de esos sueños nocturnos cuando empezó a hablar y Emilio, acostado al lado de ella, se acercó para escuchar. Lo que oyó o creyó oír era inconcebible: frases entrecortadas, suspiros, palabras que nunca pensó que podría pronunciar la boca de su delicada esposa.
No pudo pegar un ojo en toda la noche, aunque ella retomó su sueño tranquilamente, con una mano debajo de la mejilla y una sonrisa boba estampada en la cara.
No se vieron hasta la noche. Cuando, nuevamente en la cama, Emilio intentó una caricia insinuante, ella respondió con un ligero ronquido. Resignado, él apagó la luz. Ella empezó a hablar como la noche anterior y Emilio rogaba para que pronunciara su nombre, pero ella, como leyéndole el pensamiento, dijo con toda claridad: "Andrés".
El mundo se le vino abajo al pobre muchacho, que empezaba a sufrir las consecuencias del amor no correspondido y de la infidelidad, todo al mismo tiempo. Tras otra noche de insomnio ideó un plan. Olvidó por completo la empresa de su suegro, sus compromisos y todo lo que no fuera su desdicha sentimental. Estaba obsesionado. Comenzó a seguirla a todos lados. Al gimnasio los jueves y sábados; a inglés los miércoles y a la facultad los lunes y viernes. Cuando empezaba a creer que todo había sido una simple jugarreta de su carácter paranoico la vio salir de la facultad con un hombre.

.El amor lo había despertado de su inercia y él había planeado todos los detalles. Por eso pudo usar los prismáticos para ver bien la cara de ese cretino, que no sólo le abría la puerta del auto a Berta sino que le daba un tremendo beso en la boca. Los insultó en voz baja. Los siguió y comprobó la ya obvia infidelidad. Entraron en un edificio de departamentos de mala muerte y él tuvo el impulso de seguirlos y enfrentarlos, pero le pareció cursi y humillante. Tendría que imaginar algo más inteligente.
Esa misma semana inventó una cena de negocios impostergable justo el día que Berta iba a la facultad. Ella lloró y pataleó aduciendo que tenía examen, que no podía faltar, y un montón de excusas transparentes por ese escaso talento que tenía para mentir. Él se impuso por primera vez en su vida. Se fueron a dormir, ella refunfuñando y él con ese aire de superioridad que sólo otorga el salirse con la suya. Por primera vez en muchos días él durmió tranquilamente, acunado por sus maquiavélicos pensamientos.
La noche de la supuesta cena le propuso a Berta encontrarse en el restaurante. Él llegaría con el empresario en cuestión. Quiso cerciorarse de que ella iba a estar allí, así que fue y la espió. Estaba sentada con la cara apoyada en una mano, mirando alternativamente la pared que tenía enfrente y su reloj pulsera, mientras que se movía con impaciencia en la silla.
Tenía que actuar con rapidez pero sin torpeza; había tomado un par de tragos para darse valor y estaba algo mareado. Mientras se dirigía a la facultad llamó al restaurante por el teléfono celular pidiéndole a Berta que los esperara pues ya estaba en camino.
Una vez ahí se mezcló con el gentío que se agolpaba para salir. Cuando vio venir a Andrés lo chocó como al descuido, tirándole los libros al suelo. El tipo bufó y masculló algo. Emilio lo encaró con la mejor de sus sonrisas.
--¿Qué hacés , macho? ¿No te acordás de mi?
El pobre hombre lo miró sorprendido. Por más esfuerzos que hacía no podía recordar esa cara.
--Vamos a tomar una cerveza. Yo invito --Insistió Emilio.
Mientras salían el tipo no sabía si se había levantado a un gay o a un loco de atar, o si su memoria estaba a la miseria. Como Emilio le ofreció alcanzarlo con el auto, aceptó; tenía el suyo en el taller y la idea de volver en colectivo a esa hora no le resultaba nada atractiva.
Una vez en el coche, la sonrisa amistosa de Emilio se borró por completo.
--Mejor que no intentes nada, infeliz, o te vuelo la boca.
--¿Qué decís, loco de mierda? No jodas más y dejame bajar.
Pero el frío de la pistola en el muslo le hizo cambiar súbitamente de actitud. Maldijo el momento en que aceptó subirse con ese psicótico, pero ahora ya no había nada que hacer.
Emilio iba a toda velocidad por una calle poco transitada. Cuando llegaron a la casa abrió el garaje con el control remoto y entraron. Le pegó un culetazo en la nuca y lo desmayó. Después todo pasó según sus planes y al tiempo calculado.
Camino al restaurante hizo otro llamado. El dueño le dijo que no veía a la señora sentada a la mesa. Emilio sintió un escalofrío.
--Ahí viene, señor. Estaba en el toilette.
Emilio le pidió que le avisara que había tenido un contratiempo pero que ya iba para allá.
Cuando entró, Berta estaba seria y con el ceño fruncido.
--Por favor, perdoname; el tipo me plantó. Te pido mil disculpas, debes estar muerta de hambre. ¿Querés que pidamos algo?
--Lo único que quiero es irme a casa. Hace exactamente tres horas que estoy sentada ahí como una idiota y lo que menos me importa es comer.
Entraron a casa sin dirigirse la palabra. Todo parecía estar en orden hasta que Emilio se miró en el espejo: era un perfecto monstruo, demacrado, ojeroso, y con la barba crecida. Era una ventaja que su mujer no lo tuviera en cuenta para nada. Ella fue al baño y después se encerró en el dormitorio.
Al día siguiente Emilio le prometió cocinar para ella toda la semana. Cada noche la esperaría con la cena lista. Berta se encogió de hombros y salió dando un portazo.
Esa misma noche cumplió con su promesa; el olor a carne asada impregnaba la cocina y Berta, después de una hora de aerobics, tuvo que dejar de lado el orgullo y se abalanzó sobre el plato. Ni siquiera se detuvo a contemplar el romántico gesto de su marido, que había puesto flores y velas sobre la mesa. Comieron con ganas, charlaron sobre cosas superficiales y al rato Berta se fue a acostar.
La semana transcurrió plácidamente. Demasiado plácidamente según Emilio, que había creído que el ánimo de su mujer cambiaría por la ausencia del amante, pero que la veía contenta como antes y para nada compungida. Sin embargo la indiferencia hacia él era la misma. ¿Qué estaba pasando?
El viernes, cuando terminaba su semana de cocinero, Emilio se decidió a dar el batacazo.
--Lo sé todo Bertita.
--¿Sabés qué?
--Lo de vos y ese tipo, ese tal Andrés. Sé que se encontraban en un departamentito asqueroso, que a eso se debía tu repentina felicidad y no precisamente a mí, y también sé que no te importo nada.
Berta se quedó con la vista fija en el mantel. Emilio siguió hablando.
--Es más. Eso que estuvimos comiendo toda la semana era Andrés.
Berta puso ojos casi tan grandes como el plato que tenía delante. Se tocó primero la boca, después la garganta y por último el estómago. Sin embargo no parecía preocupada y con toda calma dijo:
--Este no es Andrés.
--¿No? ¿Por qué? ¿Él era más picante, tal vez más salado?
--Este no puede ser Andrés porque él estuvo conmigo toda la tarde.
El que ahora abrió los ojos como platos fue Emilio. Tuvo que correr al baño a vomitar. Una cosa era comerse al amante de su mujer, que después de todo era una venganza exótica, y otra muy distinta era comerse a un tipo cualquiera con quién sabe qué pestes.
La sola idea lo hizo volver a vomitar. ¿Cómo pudo ser tan torpe? Se había sentido tan orgulloso de sí mismo y era un fracaso total. El tipo seguía vivo y Berta podía denunciarlo por despecho. ¿Qué sería de él?
Sentado en el suelo, pegado al inodoro, se sentía un completo infeliz. En ese momento una mano le acarició la cabeza.
--Emilio, mi amor, ¿De veras fuiste capaz de hacer todo eso por mi? ¿Entonces me querés? Siempre fuiste tan indiferente conmigo que creí que no te gustaba ni un poquito.
--A mi me pasaba lo mismo, mi vida.
--¿Fuiste capaz de matar y cocinar a un hombre por mi?
--Pero claro, hice eso y haría mucho más por vos, mi cielo. Pero fui un torpe. Me equivoqué y ahora él sigue vivo. Hubiera jurado que era él. Si no me hubiera tomado esos tragos...
--No importa, tesorito. Lo importante es que lo hiciste por amor.
Por primera vez en cuatro años descubrieron que estaban profundamente enamorados.
Y mientras tanto los restos de un pobre infeliz se conservaban en el freezer y alguien llamado Andrés esperaba en vano a su amada Berta.



Victoria Domínguez


miércoles, 20 de enero de 2016

Confesión

Le pregunto. Dirigiéndome a alguien invisible, impalpable ¿esto es amor?
¿Qué es esto? Esto que siento; este hombre me posee por completo, se adueña de mi cuerpo, de mi alma, de mis sentimientos; me consume la carne hasta los huesos. Deseo con ansias casi animales su esencia, su semen, todos sus fluidos; quiero su cuerpo y su espíritu, todo en uno. 
¿Es eso amor? ¿Desear con las entrañas que me someta como su esclava sexual? ¿Hacer lo que me pida, abrirme sin reservas ni peros, hasta lo más profundo de mi? No poder ni querer decirle no rindiéndome a sus caprichos y a su indecencia; llegar a probar lo prohibido de besar a otra mujer, de besar el miembro de otro hombre solo por darle placer, embeberme en líquidos que jamás pensé probar, y lamer todo su cuerpo como una fiera en celo.
Ya no me importa si usted me contesta ; si me consumo en un orgasmo interminable y al mirar sus ojos lo encuentro ya nada más importa, yo sola habré hallado la respuesta.



Victoria Domínguez

11 de Mayo 2013



El Banquete


Desperté de aquel letargo como si hiciera años que dormía. Tenía una sensación de lasitud inexplicable. Poco a poco fui recordando lo que había pasado. Estaba en mi fiesta de casamiento con Olivia, había tomado mucho; ella siempre me recriminaba mi falta de control pero esa noche habíamos hecho un trato: nada de límites. Estaba tan aturdido que no era consciente de lo que hacía pero sí recuerdo los ojos de Olivia cuando me vio intentando seducir a una de sus mejores amigas. Ese instante de lucidez me impulsó a correrla desesperado por los pasillos y al entrar detrás de ella en la cocina la vi levantar un cuchillo. A partir de entonces sólo hubo oscuridad.
Cuando abrí los ojos y me encontré en este cuarto mínimo me invadió una sensación de claustrofobia. me habían despertado unos golpes a la puerta; al abrir me encontré con un tal Robles, un tipo flaco y desgarbado que dijo ser mi vecino de la derecha. Después de darme la bienvenida con un fuerte apretón de manos, se fue.
Por la noche, alrededor de las nueve, sentí pasos afuera y me asomé; vi pasar varios hombres en fila. Luego, a eso de las tres de la mañana, nuevamente oí pisadas y espié su retorno.
Al día siguiente resolví seguirlos; esperé a las ocho y media y me agazapé detrás de una lápida. estaba más oscuro que de costumbre porque no había luna. A las nueve en punto pasaron en hilera por entre las tumbas, vestidos de fiesta.
Los seguí. Bajaron por una escalera medio oculta entre dos árboles y llegaron a un túnel. Después de atravesar un pasillo largo iluminado con velas los esperaba una cueva, vino, comida y mujeres. Nadie hablaba, sólo se oía ruido de mandíbulas masticando y el descorchar de botellas. Yo estaba pegado a la pared húmeda en el único rincón sin luz.
Al principio creí que era una orgía. Después noté que eran menos aunque no había visto salir a nadie. Era difícil de creer pero era cierto; estaban comiéndose unos a otros.
Cuando sólo quedaban cuatro salí corriendo como un loco y me zambullí en la cama deseando que todo fuera una pesadilla. Pero no, a las tres los vi llegar satisfechos y algo rasguñados.
Por la mañana volvió a despertarme Robles.
--Nos encantaría que cenara con nosotros esta noche; todavía no tuvimos la oportunidad de darle el recibimiento que se merece.
Le dije que iría encantado, sabiendo que no pensaba hacerlo. Esa noche fingí quedarme dormido pero a las nueve de la noche del día siguiente volvió Robles bastante irritado y con un tono más enérgico dijo:
--No queremos tomar lo de anoche como un desplante; le damos la oportunidad de resarcirse acompañándonos hoy. Sin excusas, por favor.
--Me gustaría arreglarme un poco, estoy desaliñado --respondí tembloroso.
--Cómo no, acá lo esperaremos.
Las piernas me temblaban; traté de recomponerme y salí con ellos. Robles iba acompañado de alguien irreconocible que tenía la cara cubierta por un velo y usaba una larga túnica negra. Como no dijo su nombre tampoco me molesté en presentarme.
Fingí no conocer el camino y al llegar a la cueva me recibieron amablemente; no sé si estaba demasiado sugestionado pero me pareció que se relamían.
Mientras comíamos, el hombre que estaba enfrente de mi empezó a mordisquearle la oreja a la mujer que tenía al lado y grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que alguien a mis espaldas me besaba el cuello.
Giré bruscamente y me encontré con la mirada de aquella noche terrible, con los ojos llenos de odio de Olivia. Ella se corrió el velo, se despojó de la túnica y supe que era la acompañante de Robles.
Nos miramos durante unos minutos que parecieron eternos, me dejé envolver por sus brazos pálidos y nos besamos con pasión hasta que los besos se transformaron en mordiscos y por fin en una sangrienta batalla por ver quién devoraba a quién.
No sé cuánto tiempo duró la lucha pero cuando conseguí levantarme me sentía agotado, con la cabeza que pesaba toneladas.
Encontré en el suelo los restos de Olivia, mi Olivia; sentí una tristeza infinita al ver esos huesos diseminados y la carne retorcida en un nudo informe.
Al pasar los días recordé las palabras que dijo mientras me abrazaba: "Una mujer despechada nunca olvida"
Y nada podía ser peor que su venganza.
Por más que intentaba cerrar los ojos para dormir, ella me los abría con los dedos; cuando conseguía tener un poco de hambre me cerraba la garganta; y en todo momento me retorcía los músculos, me quebraba los huesos y me empujaba los ojos para afuera.
Nunca existiría el perdón; había venido tras de mi para quedarse en mis entrañas y, por fin, devorarme por dentro.



Victoria Domínguez



martes, 19 de enero de 2016

Un tesoro escondido.


La primera vez que Oreste vino a la comisaría lo atendí yo.
--Oficial, vengo a hacer una denuncia. Ha desaparecido mi esposa, hace ya dos días que no la encuentro. Esperé lo más que pude para venir pero ya no soporto su ausencia. 
Ramírez me miró con complicidad; a más de uno le vendría bien que su mujer desapareciera un par de días. 
--Déme alguna descripción de su señora, por favor.
--Uy, usted me pone en una situación en extremo difícil oficial, describir a mi esposa es imposible; ella es… es sencillamente indescriptible.
Ramírez dio media vuelta resoplando y se sumó al resto de los oficiales que estaba jugando al truco en el cuartito del fondo.
--Escuchemé, señor…
--Oreste, me llamo Oscar Oreste.
--Escuchemé señor Oreste; para encontrar a su esposa necesitamos ciertos datos sin los cuales es imposible la búsqueda; por ejemplo: color de pelo, estatura, peso aproximado, cómo vestía el último día que se vieron, en fin, señas particulares, rasgos que la distinguen de otras mujeres.
--¿Pero qué me dice, oficial? Ella es distinta a las demás mujeres, de eso no le quepa la menor duda, créame que me es imposible describirla, ella no es de este mundo, es un ángel.
Perdí la paciencia.
--Entonces para que diablos vino ¿Me quiere decir? ¡Déjese de embromar, ¿quiere? Tenemos cosas importantes que hacer y si vamos a estar una hora tratando de que nos describa a un ángel, estamos fritos.
--Con todo respeto oficial, cómo se nota que usted nunca estuvo enamorado. Cuando uno ama como yo la amo a ella no hay forma de definirla. ¿Cómo decir “tiene ojos marrones, pelo negro”? No sé como es porque jamás la miro así, veo más allá de ella, escucho su voz, su respiración, sus suspiros; hay magia, tengo ganas de besar, de abrazar, de pasar la vida entera junto a esa criatura a la que siempre estuve esperando.
---Se quedó pensativo un momento--. Sinceramente lo compadezco, no todos gozamos de ese privilegio; más de uno se muere sin haberlo conocido--. Se levantó de la silla con dificultad.
--Espere. Oreste, no se vaya.
Me disculpé por mi grosería y volvió a sentarse.
--¿Sabe qué podemos hacer? Usted me alcanza alguna foto de su señora, imagino que tendrá muchas, con eso nos arreglaremos para buscarla; además necesito datos suyos por si tengo novedades.
El viejo aceptó y se fue. Tal vez no volviera a aparecer, al menos por ahora me lo había sacado de encima. El comisario me llamó aparte para ponerme al tanto. Según él habían pasado muchos personajes parecidos a don Oreste por la comisaría con historias similares: me sugería ignorarlo. Le aseguré que lo tendría en cuenta pero no le presté atención; Aragona no me despertaba el más mínimo respeto y mucho menos sus consejos.
Me había equivocado con mi presunción. Vino por segunda vez; yo estaba terminando mi guardia. Ramírez me codeó; levanté la vista y ahí estaba, parado delante de mí con un álbum de cuero enorme bajo el brazo. No podía creerlo. O este viejo era muy ingenuo o me estaba tomando el pelo.
--Buen día oficial, aquí le traigo lo que me pidió.
--Disculpe don Oreste, pero no me refería a esto, con una foto alcanzaba.
--Es cierto, es cierto, son de nuestro casamiento, hace cuarenta años; pero créame, ella está exactamente igual. Yo envejecí, como cualquier mortal, pero ella no, ella permaneció intacta, como una flor en cautiverio. Lamentablemente no tengo fotos más recientes para que pueda comprobarlo, a ella no le gusta que la retraten.
En ese momento vino corriendo Ortiz.
--¿No oíste Benítez? –Se escuchó un tiro y parece que vino del despacho de Aragona.
Salí detrás de él dejando a Oreste con su álbum apoyado en el escritorio, ni siquiera le pedí disculpas. Cuando llegamos al pasillo Ortiz y Vázquez se agacharon muertos de risa.
--Zafaste hermano, nos debes una. Ahí adentro más que un tiro se oye un tiroteo; el comisario está encerrado con su nueva amiguita. Pero reíte un poco, fue un chiste ché.
No sé por qué me sentí tan indignado pero volví rápido a mi lugar. Oreste ya no estaba. Sentí lástima al imaginarlo yéndose solo, cargando con su álbum y la angustia por la falta
de su mujer.
Pasaron casi dos semanas; el trabajo era intenso pero no dejaba de pensar en Oreste. Un hecho me había perturbado más de la cuenta el día anterior. Una anciana había sido hallada deambulando a pocas cuadras de la comisaría; no llevaba documentos encima ni recordaba absolutamente nada, lo que me llevó a pensar que podía ser la señora de Oreste; necesitaba ir a buscarlo antes de que pasara algo malo. Camino a su casa traté de despejarme, estaba completamente mareado y como tantas otras veces en que me encontraba en situaciones difíciles, borré todo de mi mente. Me costó hallar la casa. Era una construcción humilde. Como la puerta no tenía timbre, golpeé; nadie me abrió. Ya me iba cuando alguien habló desde adentro, contesté y Oreste me abrió la puerta.
--Disculpe, don Oreste; como no vino más por la comisaría supuse que su señora habría vuelto.
El viejo me miró extrañado, mi aspecto debía ser lamentable.
--Pase oficial, no se quede ahí parado.
Lo seguí por el largo pasillo sin dirigirnos la palabra. Una vez en el comedor el olor a tostadas y café recién hecho lo impregnaba todo. Me invitó a sentar y aproveché para contarle del hallazgo. Su cara se transformó por completo.
--Usted me habla de una anciana arteroesclerótica y yo le hablaba de una mujer, oficial.
Traté de explicarle pero se exasperó.
--Ya sé. Usted cree que yo soy también un anciano arteroesclerótico que delira y que se quedó en el tiempo, es más, hasta debe pensar que mi esposa murió hace años y yo no pude sobreponerme al dolor ¿verdad?
¿Para qué mentirle? Era exactamente lo que pensaba de él, aunque por momentos parecía mucho más lúcido que yo. Me observaba con detenimiento mientras seguía hablando.
--Bueno, lamento desilusionarlo, pero en realidad el desilusionado soy yo. Creí que se diferenciaba en algo de esa manga de tilingos que tiene por compañeros que no hacen más que gesticular y hacer muecas ridículas cada vez que voy por allí; pero veo que no, que no se diferencia en lo más mínimo.
En ese momento oí el ruido de la puerta del baño y me levanté de la silla. Ante mí tenía a la mujer más hermosa que hubiera visto; el pelo mojado peinado hacia atrás, muy negro, le caía sobre los hombros y la bata de toalla rosada no disimulaba las curvas de su cuerpo. Quedé perplejo y se debe haber notado porque ella se cruzó de brazos intentando cubrirse y medio turbada anunció que se iba a vestir. Me sentí avergonzado de mis pensamientos. Fue como en un instante remontarme a mi adolescencia, cuando les escribía poemas eróticos a compañeras del secundario que me parecían inalcanzables; mi imaginación me hacía sentir que así las tocaba, las acariciaba y ellas morían por mí. La realidad era bastante menos excitante porque jamás fui correspondido, lo único que conseguía era un cachetazo de parte de ellas o de sus novios. –La voz del viejo me volvió al presente, tuve que tapar el bulto en mi pantalón.
--Ella es muy tímida, no sabía que usted estaba, por favor discúlpela. --El tono de su voz se suavizó notablemente.
--No tengo nada que perdonarle, al contrario, acá el que sobra soy yo; los dejo solos, me alegro mucho de que todo esté en orden y que tenga a su esposa de vuelta.
--Ella es tan impredecible oficial. Debo reconocer que mi cabeza no es la de antes; ella me dice cosas y yo las olvido; fue a visitar a su hermana a Junín, jura habérmelo anunciado y yo jamás dudo de su palabra. En realidad no fui a verlo por vergüenza, no por ingratitud, imagínese, lo molesté tanto… Hubiera pensado que era un tonto o lo que es peor, un viejo gagá.
--No diga eso don Oreste; yo le tomé mucho afecto, en serio. –Me sentía ridículo diciendo estas cosas--. Deseaba con toda el alma que encontrara a su esposa. No es común oír a un hombre hablar de esa manera sobre su pareja, al menos entre mis conocidos.
Me despedí, Oreste intentó retenerme pero me negué. Ya en la calle respiré hondo; no podía creerlo, esa mujer era una belleza, no podía ser la misma que él trataba de describirme en la comisaría, ésta no tenía más de treinta años. Estaba embotado cuando llegué a casa. Me saqué el uniforme mientras abría la ducha; necesitaba un baño de agua fría cuanto antes. Me senté sobre la cama para abrir el cajón y sacar ropa interior limpia pero algo blando debajo mío me hizo levantar de un salto; pegué un grito cuando vi un cuerpo grisáceo despatarrado sobre las sábanas; tenía los ojos abiertos y la zona de la pelvis tajeada. Me acerqué más pero el hedor era y la impresión me hicieron vomitar. Apenas tomé fuerzas para levantarme cuando oí sirenas y el timbre. En la puerta estaba Ramírez.
--Benítez, tenemos una orden de allanamiento, por favor dejáme pasar. –Mi compañero me miraba con asco y recordé que no me había limpiado la cara y estaba con el torso desnudo. El aturdimiento era tal que no pude siquiera explicarle lo que iba a encontrar en el dormitorio. Cuando salió, su cara era peor que la anterior.
--Tenés que acompañarnos.
Oí que conversaba con Vázquez. Hablaban de posible asesinato y ordenaban una autopsia. No podía creer estar metido en eso: lo último que vi fue a mis compañeros lavándome la cara y poniéndome una camisa, después sentí que me sumergía en un abismo negro. Cuando recuperé la conciencia estaba rodeado de policías.
--¿Te sentis mejor? –El tono irónico de Aragona me irritaba.
--No mucho. Hoy me sentí enfermo todo el día y muy confundido.
--Estás metido en un lío, Benítez. De un momento a otro nos dan el resultado de la autopsia.
--Estoy mareado pero no amnésico. Me acuerdo bien de lo que pasó en casa. ¿Averiguaron que hacía ese cadáver sobre mi cama?
Mis compañeros se miraron sin hablar y yo perdí la paciencia.
--¿Se puede saber quién era ese maldito muerto?
--Era la mujer de Oreste.
--¿Qué? ¡Pero eso es absurdo! Si yo estuve con ellos dos en su casa, el mismo Oreste me la presentó; era una mujer joven, muy linda… Por favor localícenlo, necesito hablar con él.
Ortiz salió a buscarlo. Cuando lo ví entrar sentí alivio.
--Don Oreste, cuénteles de mi visita esta tarde cuando conocí a su mujer--. Mi ansiedad era inocultable.
--No sé de que me está hablando--. Miraba al resto de los oficiales como si yo no existiera--. Lo único que sé es que mi señora apareció muerta en su casa, no sé que mentira está inventando para cubrirse pero no cuente conmigo--. El viejo se tapó la cara en una actitud que todos compadecieron pero que a mí me resultó repugnante.
Miré en todas direcciones buscando una actitud comprensiva, o que alguno de mis compañeros me apoyara. Pero no. El comisario, como de costumbre, no tuvo ningún miramiento.
--Estás detenido Benítez, por lo menos hasta que investiguemos.
Esa noche se me hizo insoportable porque casi no dormí; en los pocos momentos que conseguí hacerlo tuve pesadillas horribles. Se me aparecía la mujer que estaba en casa de Oreste y abriéndose la bata de toalla rosada dejaba al descubierto su figura perfecta, me seducía, me besaba y me empujaba sobre un ataúd en el que yacía una anciana muerta; yo gritaba y me resistía pero ella cerraba la tapa ayudada por Aragona, que no paraba de reír a carcajadas. De pronto una mano en mi hombro y una voz familiar me sacaron de la pesadilla. Era Ramírez.
--Benítez, estás empapado, tuviste un mal sueño. Vine a avisarte que ya nos dieron el resultado de la autopsia. Parece que la vieja murió a causa de una infección; le encontraron restos de oro y polietileno en la vagina. Según los médicos si se cambia con frecuencia no hay peligro, pero evidentemente se olvidó. Parece que tenía guardado su pequeño tesoro ahí adentro ¡Qué imaginación! Nunca se me hubiera ocurrido. La cuestión es que el oro despareció y hay señales de que pueden haberla tenido secuestrada. No me gustaría estar en tu pellejo, hermano, estás hasta las pelotas.
--¿Y Oreste? ¿No piensan investigarlo?
--No va a ser posible; lo encontraron muerto esta mañana, se suicidó. Te dejó esto. Cuando tenga alguna novedad vuelvo.
Ramírez salió. Me sentía mal, otra vez ese maldito zumbido en la cabeza y aquella vieja sensación de deja vu. Los recuerdos se me agolpaban en forma desordenada; la anciana encontrada en la calle, el interrogatorio, ella que repetía continuamente una frase incomprensible mientras se fregaba debajo del vientre, el comisario que me echaba a un lado y se encerraba con ella, los ruidos, los gritos, el dolor insoportable de cabeza y la ida a casa de Oreste. Todo empezaba a acomodarse. Oí pasos, era Aragona. Entró en mi celda.
--Me imagino que tu compañero te habrá contado. Ya estoy tratando de conseguirte un abogado. Te dije que no te metieras con los locos que vienen, que ibas a terminar mal.
--¿Qué hizo con la vieja que estaba interrogando?
--La mandé a su casa.
--¿Cómo hizo, si no tenía documentos ni se acordaba de nada?
--Investigando Benítez, mientras anda perdido en sus ausencias.
Aragona sabía que yo padecía un mal y lo aprovechaba para confundirme.
--Yo oí los ruidos de golpes en su despacho, los gritos de la pobre anciana y también conozco muy bien los métodos que acostumbra usar.
--En fin Benítez, así son las cosas. Como te dije, en cualquier momento te mando al abogado. No creo verte, mañana salgo de vacaciones.
--¿Escuchó lo que le dije? Recordé todo y lo voy a contar.
--Hasta la vuelta Benítez, espero encontrarte en mejor situación al llegar, pero… Salía de la celda cuando Vázquez le avisó que lo esperaba su mujer.
--Decile que venga Vázquez, quiero presentársela a Benítez. Vázquez me miró desconcertado y fue a buscarla. El elegante vestido le sentaba tanto como la bata, estaba tan deslumbrante como días atrás.
--Es mi flamante mujer, Leonor. Mi amor, este es el oficial Benítez, está pasando un mal momento, vos sabés, la codicia, pero ya vamos a ayudarlo a salir.
Todo estaba claro. Él tenía la manija y yo había caído como el más estúpido.
Cuando se fueron ya no sentía furia, sino autocompasión. Miraba esas paredes oscuras llenas de marcas entre las cuales había encerrado a tantos tipos. Sólo Dios sabría cuánto tiempo iba a estar allí. Me senté en el banco empotrado y estiré el brazo. El pesado álbum de Oreste estaba en el rincón donde lo dejara Ramírez. El primer impulso fue tirarlo y pisotearlo, no quería más recuerdos de ese maldito anciano; loco o no me había metido donde estaba con su mentira, pero la curiosidad pudo más y lo abrí. Las fotos estaban algo amarillentas pero nítidas. La mujer tenía un sorprendente parecido con esa tal Leonor; parecían muy enamorados y ella era notablemente hermosa. Atrás de todo, despegadas encontré otras dos más actuales, en una, la anciana cortando flores parecía sorprendida por el fotógrafo y en la otra aparecía el cadáver hallado en casa. En el reverso decía: “Así me la devolviste, maldito”. Cerré el álbum con los ojos empañados y con la convicción de que no lo había escrito Oreste.



Victoria Dominguez



La Tierra prometida


Era domingo y, como todos los anteriores, la gente de La Colmena, un pueblito alejado de la capital, esperaba las campanadas de la capilla que llamaba a misa de 11. 
En realidad no todos tenían el coraje de asistir. El padre Justo, único sacerdote de la única iglesia, tenía una visión apocalíptica de la vida y su interpretación de las Sagradas Escrituras era bastante transgresora. Por eso generalmente los padres no llevaban a sus hijos menores a misa y los adultos algo impresionables preferían evitar esos sermones plagados de malos augurios, inspirados en sus famosos "sueños reveladores", en los que veía animales prehistóricos devorando gente inocente, surcos en la tierra por donde desaparecía el mundo en medio de gritos y desesperación. Esto hacía que la concurrencia a la iglesia fuera cada vez más escasa ya que no todos estaban dispuestos a aceptar semejantes atrocidades como un mensaje de la voluntad divina.
Esa misma noche el padre Justo tuvo un sueño que lo desveló por completo; despertó sudoroso y temblando porque las visiones habían sido increíblemente sangrientas. No podía esperar a la misa del domingo para alertar a sus fieles, de manera que visitó una por una a todas las familias del pueblo. La mayoría escuchó sus palabras con respeto y prometió tomar las precauciones necesarias, otros pocos hicieron caso omiso a sus advertencias y sólo un par, muy osados, le cerraron las puertas en las narices.
La semana transcurrió sin sobresaltos, aunque algunos evitaron salir de sus casas, descuidando su trabajo. Cuando por fin llegó el domingo, el padre entró por el pasillo principal sin esperar el habitual canto de bienvenida, con muy mala cara y pisándose la sotana a medio vestir. El sueño se había repetido y la advertencia se había transformado en una orden.
--Queridos hermanos, el fin está cerca. Debéis cuidaros de las tentaciones del demonio y orar, orar sin cesar.
estas fueron sus últimas palabras porque en medio de un temblor y un ruido escalofriantes, velas que volaban en todas direcciones, portazos y gritos, el mármol del altar se cubrió de grietas ccada vez más anchas hasta que, ante la mirada atónita de los fieles, se abrió una enorme, a los pies del mismísimo sacerdote, y se lo tragó, llevándolo quién sabe adónde.
En cuanto cesó el temblor los hombres más fuertes se acercaron a la grieta para rescatar al pobre cura, pero el esfuerzo fue inútil. Lo llamaron a gritos, cavaron, iluminaron con faroles y hasta echaron agua, pero no había señales del padre Justo.
Esa misma noche se hizo una reunión en la casa de la familia Barboza.
--Yo digo, ¿Acaso este cura no se habrá escapado? Tal vez en medio de la confusión salió corriendo, perdió la conciencia y no pudo volver.
--Oiga, don Cosme, usted es muy imaginativo, pero yo, con estos dos ojos que gracias a Dios funcionan de maravilla, vi cómo esa grieta se tragaba al padre; lo vi hundirse hasta desaparecer bajo tierra, ¿entiende?-- protestó Cornelia Barboza, apoyada por el resto de la concurrencia.
Don Cosme se quedó mirando para abajo con resignación.
--Yo propongo una campaña para rescatarlo --sugirió Farías, un militar retirado que vivía en el pueblo hacía un mes--. Podemos cavar un túnel y llegar adonde quiera que esté este pobre hombre.
--A mi me parece una buena idea. ¿Cuándo podemos empezar? --Concluyó Cornelia con aire de autoridad.
Así fue como a la mañana siguiente todo el grupo más cercano a la iglesia estuvo presente para colaborar, cebando mate o contando chistes para mantener despiertos a los trabajadores. Nadie faltó a la cita.
Pasaron un día entero, con su noche incluida, buscando un indicio de Justo. Uno de los muchachos llegó a meterse bastante profundo pero tuvo que salir porque el aire era irrespirable. Por fin se dieron por vencidos.
--Tal vez su sueño premonitorio se cumplió. Habrá sido la voluntad de Dios no más...
--Pero en su sueño, si no entendí mal, éramos "todos" los que desaparecíamos, no él solo, ¡Pobre desgraciado! --reflexionó Cornelia preocupada.
--Tendremos que dejar que se haga la voluntad del Señor. Nosotros ya hicimos lo humanamente posible --concluyó Farías.
lo cierto era que el pueblo necesitaba la capilla restaurada y a un cura que bautizara, casara, celebrara misa y diera la extremaunción. Fue por esto que mientras un grupo de gente se dedicaba a arreglar la iglesia y otro grupo de mujeres a rezar por el alma del desaparecido sacerdote, los Chaparro partieron en su camioneta a la ciudad más cercana en busca de un reemplazante del padre Justo.
A los cuatro día llegaron con el nuevo cura. Era notable el contraste con el anterior: alto, buen mozo y muy educado, despertó pronto la atención de las damas y la inquietud de los caballeros.
La misa del domingo estuvo más concurrida por mujeres que nunca. El padre Abel con su porte elegante entró con paso seguro por el nuevo pasillo que le habían preparado. La capilla había quedado como nueva y una etapa de tranquilidad parecía cernirse por fin sobre La Colmena.
La sorpresa fue general cuando el sacerdote comenzó a balbucear como un tonto, tiró al suelo el atril que sostenía la Biblia y apagó con un par de feroces estornudos el cirio pascual. Los que esperaban estrecharle la mano a la salida tuvieron que quedarse con las ganas, pues ni bien terminó la ceremonia se dirigió muy apurado na sus aposentos. Una vez allí dio rienda suelta a su angustia.
Durante toda la misa, alguien, debajo de sus pies, había estado hablándole y advirtiéndole cosas terribles. Ajeno como era a todo lo ocurrido con su antecesor, creyó estar al borde de la locura. Pasados los días adjudicó aquella rara sensación al cansancio ocasionado por el largo viaje; pero, cuando al domingo siguiente volvió a padecer el mismo suplicio, tomó una decisión tal vez cobarde pero segura: huyó durante la noche. Tomó sus pertenencias y sin despedirse de nadie ni dar explicaciones se perdió en la oscuridad.
La gente se negaba a creer lo que había hecho este cura.
--La verdad es que a mi desde el principio me pareció bastante raro, tal vez fue mejor que se fuera antes de causar más problemas; tenía alborotadas a todas las jóvenes y a una que otra "señora"; no me extrañaría que que lo haya sacado corriendo algún marido celoso --decretó Cornelia.
Esta vez los encargados de traer al nuevo cura fueron los Barboza, con doña Cornelia a la cabeza. Todos confiaban ciegamente en su capacidad de elección.
Al sábado siguiente trajeron al padre Manuel, una hora antes de celebrar un bautismo. Parecía un buen hombre, regordete y simpático a simple vista.
El bautismo se celebró sin sobresaltos y no hubo indicios de anormalidad por parte del sacerdote.
La misa del domingo se esperaba con ansias. Ya no era un ritual sin sorpresas; cada vez que las campanas llamaban a las once, la gente las oía con la expectativa de quien va a presenciar un espectáculo. El padre Manuel entró en medio de las sonrisas aprobadoras de sus nuevos fieles. Todo fue de maravillas hasta que una voz grave y monocorde comenzó a hablarle desde el suelo. Hizo todos los esfuerzos posibles para disimular, pero las manchas rojizas en su cara y el tartamudeo lo delataron.
Pero él, a diferencia de Abel, decidió tomar el toro por las astas. Dominado por la curiosidad mantuvo una conversación directa y clara que duró más de quince minutos.
Por supuesto la gente no entendió absolutamente nada, incrédulos ante lo que presenciaban. Para ellos era un simple diálogo entre entre el cura y sus pies.
Terminada la charla, Manuel continuó con la ceremonia como si nada hubiera pasado.
--Vamos de mal en peor --se quejó Don Atilio con preocupación--. Uno se creía "el salvador" y se nos fue por una grieta; el otro sale corriendo a escondidas como un ladrón y éste está más loco que una cabra. ¿Qué vamos a hacer?
Esa noche, antes de acostarse, se acercó al altar como había acordado con "la voz". Apoyó la oreja en el suelo y sonrió al escuchar la clave. Sin temblor ni grandes estridencias la grieta se abrió a sus pies y el cura desapareció en las entrañas de la tierra. La caída fue suave y silenciosa. El padre Manuel habló y el eco retumbó varias veces; la oscuridad era absoluta pero él estaba tranquilo, la voz había prometido recibirlo. Permaneció de pie, inmóvil, sin saber si estaba o no sobre tierra firme. Se le hacía difícil respirar.
Comenzó a inquietarse, nadie venía por él. Una mano fría y húmeda lo tomó por el tobillo e instintivamente él pegó un salto. La mano no lo soltó y una fuerza sobrehumana lo arrastró hacia abajo.
Manuel gritaba pero era inútil, seguían tirando de él. De pronto sintió que se ahogaba porque estaba inmerso en un líquido, un líquido espeso y pegajoso que se le adhería. Pasado ese primer momento que para él fue eterno, volvió a respirar sin dificultades y, como si alguien compasivo le hubiera tendido una mano, la luz se hizo a su alrededor.
Ahogó un alarido cuando vio que estaba totalmente rodeado de insectos y reptiles de un tamaño descomunal. Pero las caras, las caras no eran de insecto o reptil: eran humanas. Las criaturas se arrastraban por el barro llorando y gimiendo; algunas le trepaban por las piernas y le suplicaban ayuda con ojos desorbitados. Creyó que eso era la locura o tal vez el infierno.
Entonces la voz habló para socorrerlo, o al menos para explicarle de qué se trataba todo eso.
--Por fin llegaste, Manuel. Yo también creí volverme loco cuando vine. Ni en mis peores pesadillas se vivía algo tan horripilante.
Manuel, que había creído encontrar una esperanza, volvió a sumirse en la desesperación cuando vio los pies y las manos de "la voz". Estaban cubiertas de escamas y cada mano era una garra verdosa tan grande como dos manos humanas.
--No me mires así, Manuel; no me hagas sentir peor de lo que me siento. Ahora vos vas a ser uno más de nosotros. Antes de llegar acá estuve un tiempo en otra parte, un piso intermedio entre el mundo y esto. Allí están los seres más desarrollados; perfeccionan sus almas para cuando todo allá arriba se acabe; cuando todos esos unútiles que fuimos desaparezcan. El proceso comienza en este pueblo pero pronto se extenderá al mundo entero. Pero yo no fui elegido, me mandaron acá, donde debo comenzar todo el ciclo y arrastrarme hasta llegar a su altura.
--¿Y yo ni siquiera pude pasar por el otro sector? ¿Tan miserable soy que no pude ser juzgado? --preguntó Manuel con angustia.
--Yo te traje. Vos caíste en la trampa; por curioso, por soberbio; creíste que descubrirías algo grandioso y en cambio cavaste tu propia fosa. Fuiste un instrumento para mi; al haberte traído se hace más corto mi proceso.
--¿Y el resto del pueblo no vendrá?
--Ellos son los menos evolucionados; cuando les llegue el momento se hundirán en una grieta común y serán destruidos por nosotros, que los devoraremos como a gusanos.
--Pero yo jamás haría algo así. ¿Cómo me voy a devorar a mis propios hermanos? ¡Somos sacerdotes, no demonios! ¡Esto es una locura, una pesadilla!
--No Manuel. Eso pensás ahora, pero cuando tu mente sea la de un reptil o la de un insecto verás las cosas de un modo muy diferente. Sólo pensarás en sobrevivir, en evolucionar un paso más para acceder al piso de arriba. Ya no somos sacerdotes, aquí no hay jerarquías, aquí no hay principios.

El pueblo, desesperanzado ante la nueva desaparición, decidió clausurar la capilla. esa misma tarde, mientras trabajaban en el campo, una grieta ancha y profunda los atrapó hundiendo lo que fuera La Colmena en una oscuridad profunda e inalcanzable. En las grandes ciudades nadie imaginaba que el fin se aproximaba también para ellos.

A Manuel se le nubló la vista, se mareó y perdió la conciencia. Cuando despertó, no supo si un día o un año después, ya no tenía ni manos ni pies; el cuerpo era el óvalo perfecto de una cucaracha y sus piernas, minúsculas patas que se movían con insistencia. A su alrededor bichos como él reptaban y revoloteaban esperando la llegada de la nueva camada que sería su alimento durante días y la posibilidad de ascender un escalón más para llegar a ser, algún día, dignos de habitar la nueva tierra prometida.



Victoria Domínguez



martes, 5 de enero de 2016

Podría decirte que me da miedo jugar, pero sabrías que no es cierto; que de la mano de tu mente y tu boca todo juego es un delirio de los sentidos.



Victoria Domínguez
Enero 2016




domingo, 3 de enero de 2016


A fin de cuentas y contra toda presunción; nada ni nadie puede impedir que lo predestinado suceda.

Victoria Domínguez.
10/2015