jueves, 21 de enero de 2016

La tumba del amor.

Quien crea que el matrimonio es la tumba del amor y lo más aburrido y rutinario que puede pasarle a un ser humano tiene que conocer la historia de los Gutiérrez del Prado.
Todos saben que no se casaron por amor sino gracias a un convenio entre ambas familias: la unión del dinero y de un apellido paquete venido a menos. También es cierto que a los novios poco les importaban los motivos ni los beneficios; si en dieciocho años de vida no habían tomado una sola decisión menos la iban a tomar ahora. Se conocían desde chicos, eran lindos... ¿Qué más hacía falta?
La fiesta de casamiento fue de una fastuosidad absurda, con el salón y el enorme parque repletos de gente, la mayoría desconocidos para los recién casados. La noche de bodas fue un fraude: Emilio se quedó dormido con la ropa puesta y Berta hubiera hecho lo mismo de no ser tan incómodo su vestido.
Los dos estaban en las nubes, pero no por amor sino por ignorancia. Todavía no se habían detenido a pensar en lo que habían hecho. Estaban unidos por una libreta, un sacerdote, un par de alianzas de oro y ni siquiera se conocían realmente. Iban a tomar un avión rumbo a un viaje de luna de miel que no eligieron.

Los primeros años la situación no fue tan dramática. Habían aprendido a tenerse cierto afecto y se toleraban lo suficiente como para no pasar de discusiones "civilizadas". Las familia de ambos vivían pendientes de la llegada de un vástago; después de todo para eso es el matrimonio, declaraba papá Edmundo, pero lo cierto es que ellos ponían tanto empeño en engendrar un hijo como el que habían puesto en casarse: ninguno.
El problema empezó dos días antes del cuarto aniversario, cuando Berta descubrió que estaba enamorada de un compañero de la facultad. Como no se caracterizaba por su astucia no hizo el mínimo esfuerzo por disimular frente a su marido. Él, sin ser un dechado de inteligencia, tampoco era estúpido, así que en seguida notó los cambios producidos en Berta. La veía inquieta, sonriente, esplendorosa, como si le hubieran inyectado felicidad. De inmediato se enamoró perdidamente de ella y se enojó consigo mismo por haber vivido cuatro años con esa muñequita sin amarla como correspondía.
De más está decir que se produjo un corto circuito. Ella, acostumbrada a la indiferencia de Emilio, soñaba dormida o despierta, según la ocasión, con el príncipe azul que la había encandilado. Fue en medio de uno de esos sueños nocturnos cuando empezó a hablar y Emilio, acostado al lado de ella, se acercó para escuchar. Lo que oyó o creyó oír era inconcebible: frases entrecortadas, suspiros, palabras que nunca pensó que podría pronunciar la boca de su delicada esposa.
No pudo pegar un ojo en toda la noche, aunque ella retomó su sueño tranquilamente, con una mano debajo de la mejilla y una sonrisa boba estampada en la cara.
No se vieron hasta la noche. Cuando, nuevamente en la cama, Emilio intentó una caricia insinuante, ella respondió con un ligero ronquido. Resignado, él apagó la luz. Ella empezó a hablar como la noche anterior y Emilio rogaba para que pronunciara su nombre, pero ella, como leyéndole el pensamiento, dijo con toda claridad: "Andrés".
El mundo se le vino abajo al pobre muchacho, que empezaba a sufrir las consecuencias del amor no correspondido y de la infidelidad, todo al mismo tiempo. Tras otra noche de insomnio ideó un plan. Olvidó por completo la empresa de su suegro, sus compromisos y todo lo que no fuera su desdicha sentimental. Estaba obsesionado. Comenzó a seguirla a todos lados. Al gimnasio los jueves y sábados; a inglés los miércoles y a la facultad los lunes y viernes. Cuando empezaba a creer que todo había sido una simple jugarreta de su carácter paranoico la vio salir de la facultad con un hombre.

.El amor lo había despertado de su inercia y él había planeado todos los detalles. Por eso pudo usar los prismáticos para ver bien la cara de ese cretino, que no sólo le abría la puerta del auto a Berta sino que le daba un tremendo beso en la boca. Los insultó en voz baja. Los siguió y comprobó la ya obvia infidelidad. Entraron en un edificio de departamentos de mala muerte y él tuvo el impulso de seguirlos y enfrentarlos, pero le pareció cursi y humillante. Tendría que imaginar algo más inteligente.
Esa misma semana inventó una cena de negocios impostergable justo el día que Berta iba a la facultad. Ella lloró y pataleó aduciendo que tenía examen, que no podía faltar, y un montón de excusas transparentes por ese escaso talento que tenía para mentir. Él se impuso por primera vez en su vida. Se fueron a dormir, ella refunfuñando y él con ese aire de superioridad que sólo otorga el salirse con la suya. Por primera vez en muchos días él durmió tranquilamente, acunado por sus maquiavélicos pensamientos.
La noche de la supuesta cena le propuso a Berta encontrarse en el restaurante. Él llegaría con el empresario en cuestión. Quiso cerciorarse de que ella iba a estar allí, así que fue y la espió. Estaba sentada con la cara apoyada en una mano, mirando alternativamente la pared que tenía enfrente y su reloj pulsera, mientras que se movía con impaciencia en la silla.
Tenía que actuar con rapidez pero sin torpeza; había tomado un par de tragos para darse valor y estaba algo mareado. Mientras se dirigía a la facultad llamó al restaurante por el teléfono celular pidiéndole a Berta que los esperara pues ya estaba en camino.
Una vez ahí se mezcló con el gentío que se agolpaba para salir. Cuando vio venir a Andrés lo chocó como al descuido, tirándole los libros al suelo. El tipo bufó y masculló algo. Emilio lo encaró con la mejor de sus sonrisas.
--¿Qué hacés , macho? ¿No te acordás de mi?
El pobre hombre lo miró sorprendido. Por más esfuerzos que hacía no podía recordar esa cara.
--Vamos a tomar una cerveza. Yo invito --Insistió Emilio.
Mientras salían el tipo no sabía si se había levantado a un gay o a un loco de atar, o si su memoria estaba a la miseria. Como Emilio le ofreció alcanzarlo con el auto, aceptó; tenía el suyo en el taller y la idea de volver en colectivo a esa hora no le resultaba nada atractiva.
Una vez en el coche, la sonrisa amistosa de Emilio se borró por completo.
--Mejor que no intentes nada, infeliz, o te vuelo la boca.
--¿Qué decís, loco de mierda? No jodas más y dejame bajar.
Pero el frío de la pistola en el muslo le hizo cambiar súbitamente de actitud. Maldijo el momento en que aceptó subirse con ese psicótico, pero ahora ya no había nada que hacer.
Emilio iba a toda velocidad por una calle poco transitada. Cuando llegaron a la casa abrió el garaje con el control remoto y entraron. Le pegó un culetazo en la nuca y lo desmayó. Después todo pasó según sus planes y al tiempo calculado.
Camino al restaurante hizo otro llamado. El dueño le dijo que no veía a la señora sentada a la mesa. Emilio sintió un escalofrío.
--Ahí viene, señor. Estaba en el toilette.
Emilio le pidió que le avisara que había tenido un contratiempo pero que ya iba para allá.
Cuando entró, Berta estaba seria y con el ceño fruncido.
--Por favor, perdoname; el tipo me plantó. Te pido mil disculpas, debes estar muerta de hambre. ¿Querés que pidamos algo?
--Lo único que quiero es irme a casa. Hace exactamente tres horas que estoy sentada ahí como una idiota y lo que menos me importa es comer.
Entraron a casa sin dirigirse la palabra. Todo parecía estar en orden hasta que Emilio se miró en el espejo: era un perfecto monstruo, demacrado, ojeroso, y con la barba crecida. Era una ventaja que su mujer no lo tuviera en cuenta para nada. Ella fue al baño y después se encerró en el dormitorio.
Al día siguiente Emilio le prometió cocinar para ella toda la semana. Cada noche la esperaría con la cena lista. Berta se encogió de hombros y salió dando un portazo.
Esa misma noche cumplió con su promesa; el olor a carne asada impregnaba la cocina y Berta, después de una hora de aerobics, tuvo que dejar de lado el orgullo y se abalanzó sobre el plato. Ni siquiera se detuvo a contemplar el romántico gesto de su marido, que había puesto flores y velas sobre la mesa. Comieron con ganas, charlaron sobre cosas superficiales y al rato Berta se fue a acostar.
La semana transcurrió plácidamente. Demasiado plácidamente según Emilio, que había creído que el ánimo de su mujer cambiaría por la ausencia del amante, pero que la veía contenta como antes y para nada compungida. Sin embargo la indiferencia hacia él era la misma. ¿Qué estaba pasando?
El viernes, cuando terminaba su semana de cocinero, Emilio se decidió a dar el batacazo.
--Lo sé todo Bertita.
--¿Sabés qué?
--Lo de vos y ese tipo, ese tal Andrés. Sé que se encontraban en un departamentito asqueroso, que a eso se debía tu repentina felicidad y no precisamente a mí, y también sé que no te importo nada.
Berta se quedó con la vista fija en el mantel. Emilio siguió hablando.
--Es más. Eso que estuvimos comiendo toda la semana era Andrés.
Berta puso ojos casi tan grandes como el plato que tenía delante. Se tocó primero la boca, después la garganta y por último el estómago. Sin embargo no parecía preocupada y con toda calma dijo:
--Este no es Andrés.
--¿No? ¿Por qué? ¿Él era más picante, tal vez más salado?
--Este no puede ser Andrés porque él estuvo conmigo toda la tarde.
El que ahora abrió los ojos como platos fue Emilio. Tuvo que correr al baño a vomitar. Una cosa era comerse al amante de su mujer, que después de todo era una venganza exótica, y otra muy distinta era comerse a un tipo cualquiera con quién sabe qué pestes.
La sola idea lo hizo volver a vomitar. ¿Cómo pudo ser tan torpe? Se había sentido tan orgulloso de sí mismo y era un fracaso total. El tipo seguía vivo y Berta podía denunciarlo por despecho. ¿Qué sería de él?
Sentado en el suelo, pegado al inodoro, se sentía un completo infeliz. En ese momento una mano le acarició la cabeza.
--Emilio, mi amor, ¿De veras fuiste capaz de hacer todo eso por mi? ¿Entonces me querés? Siempre fuiste tan indiferente conmigo que creí que no te gustaba ni un poquito.
--A mi me pasaba lo mismo, mi vida.
--¿Fuiste capaz de matar y cocinar a un hombre por mi?
--Pero claro, hice eso y haría mucho más por vos, mi cielo. Pero fui un torpe. Me equivoqué y ahora él sigue vivo. Hubiera jurado que era él. Si no me hubiera tomado esos tragos...
--No importa, tesorito. Lo importante es que lo hiciste por amor.
Por primera vez en cuatro años descubrieron que estaban profundamente enamorados.
Y mientras tanto los restos de un pobre infeliz se conservaban en el freezer y alguien llamado Andrés esperaba en vano a su amada Berta.



Victoria Domínguez


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