El encuentro que empezó como cita de lunes por la tarde pasó a ser de lunes y miércoles por la tarde. Al tiempo no alcanzaba, y fue lunes, miércoles y jueves. Y compartir un par de horas cada vez no era suficiente, y los besos eran más largos y las caricias más necesarias, no bastaba con compartir lo visible, ya necesitaban lo invisible. Eran insaciables uno del otro, dos cántaros que nunca llegan a llenarse. Necesitaban más, lo que no puede verse, lo que brota de un cuerpo incandescente.
Una tarde ella no llegó, a la siguiente tampoco, él no podía encontrarla y una desesperación desconocida se hizo carne dejándolo vacío y en silencio. Que todo se supera, que ya se iban a cansar, que tenés que salir y conocer a otra.... el eco de las palabras bien intencionadas se perdía entre las sombras.
Un día la vio de lejos, ya había pasado mucho tiempo, quizás más del conveniente, estaba tan linda como siempre. Se miraron, ella con ojos empañados, detrás suyo, alejado, un hombre algo viejo y demacrado.
¿Te acordás la tarde de la copa? El asintió feliz al evocarlo, y una erección se encargó de demostrarlo.
"No pude con eso, me asusté de tanto placer, no pude manejarlo. Ocupabas todos mis sentidos, ya nada me saciaba, necesitaba de vos como del aire, no pude soportarlo".
Se alejó muy elegante en su auto, acompañada de este señor tan formal y correcto.
La miró, y supo que ya la había olvidado; una mujer que había renunciado a un amor como ese, no merecía el recuerdo de un hombre enamorado.
Victoria Dominguez
Septiembre 2013

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