Se siente tan segura con él que no puede negarle nada, y se somete a sus caprichos sin reparos ni cuestionamientos. Entre cuatro paredes no hay reglas, no hay leyes ni remordimientos.
Los ojos no ven, pero el olfato se deleita, en el perfume de ese cuerpo mientras su oído se afina con el sonido de esa voz que la penetra. El tacto es exquisito, un recorrido que atraviesa texturas y rincones ocultos pero no desconocidos y el gusto... el gusto se expande en sabores que se mezclan, con la música, los aromas y el delirio.
A ojos cerrados se entrega, olvida códigos, mandatos y estrategias; es esclava y la vez dueña, de un momento de sortilegios donde no gana el que más se adueña, sinó el que más arriesga, no a ganarlo todo, no a perder solo una prenda, sí a confiar al extremo de no dudar que sin ver, tan solo rindiéndose entera, sintiendo esa mano, esa voz que la doblega, puede por fin sentirse libre, plena y amar como muy pocos han amado en esta tierra.
Victoria Dominguez
Noviembre 2013

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